Violaciones correctivas de lesbianas: ‘Vamos a enseñarte una lección’

artículo original: http://www.elmundo.es/elmundo/2011/03/25/solidaridad/1301053048.htmlImage

“Te vamos a enseñar una lección”. Esas son las primeras palabras que Ndumi Funda, directora de la ONG Luleki Sizwe explica que escuchan las víctimas de las conocidas como ‘violaciones correctivas de lesbianas’. Una macabra clase de masculinidad para “enseñar que son mujeres, no hombres”. Tras la violación, en muchas ocasiones, llega el Sida, el rechazo social, el desprecio de la policía y la muerte. Un susurro mortal que “sentimos cada día como una amenaza constante”.

Ndumi lidera un movimiento social con otras ONG sudafricanas que han conseguido llegar hasta el mismo Parlamento. Con la ayuda, entre otras, de la organización estadounidense change.org han llevado hasta el despacho del ministro de Justicia 176.000 firmas recogidas en 163 países.“Es la campaña internacional de recogida de firmas más importante de la Historia de Sudáfrica”, explica Benjamin Joffe-Walt, responsable de comunicación de la campaña. Eso sí, menos de un 2% de las firmas son sudafricanas.

“El ministro ha prometido cambios inminentes y ayudas personalizadas a las víctimas. Hay una nueva reunión en cuatro semanas para aclarar propuestas”, anuncia Benjamin.

La importancia del nombre en África

‘Creé esta organización después de que mi pareja fuera violada por cinco hombres y acabara muriendo de Sida’

Ndumie ha sido también víctima de las violaciones. No directamente, lo fue su pareja. “Creé la ONG en 2008 para luchar contra la violencia que sufren las lesbianas en los township de Ciudad del Cabo (barriadas hacinadas de gente que vive en condiciones miserables a las afueras de la ciudad), tras ver morir a mi novia en 2007”, recuerda. “Sizwe (su pareja) fue violada por cinco hombres que pretendían corregir su desviada conducta. Al principio no dijo nada, ni a sus padres. Luego confesó la violación por la que se infectó de Sida, y acabó muriendo por una meningitis. Fue una historia muy triste”.

Antes, en 2005, prosigue Ndumie, “Luleki era una conocida lesbiana que no escondía su sexualidad. Trabajaba para la comunidad, luchando contra la violencia que sufren las mujeres y ayudando a la gente más pobre. Un día fue violada por su primo, que explicó que lo hizo para ‘enseñarla que no era un hombre’. Murió tras contraer el Sida”, recuerda. “En África los nombres son muy importantes, por eso el nombre de esta organización lleva el de ambas”.

Pero la pesadilla de una lesbiana violada no termina con la agresión. El rechazo de la sociedad y la policía, junto a un más que probable contagio del Sida, son los siguientes pasos. “La Policía es muy homófoba. En muchas ocasiones la lesbiana va a denunciar y ni siquiera es escoltada para volver a su casa. Tiene que esperar aterrorizada en la parada del autobús o compartir minibús con sus violadores”, denuncia Ndumie. Muchas, de hecho, optan por ni siquiera denunciar los hechos.

“Hubo diez denuncias en una semana y la Policía no hizo nada. En los últimos dos años han muerto más de diez lesbianas violadas”, recuerda, mientras comienza a contar en voz alta sus nombres.

Rechazo de abogados, médicos, familias

‘La Policía es muy homófoba. En muchas ocasiones la lesbiana va a denunciar y ni siquiera es escoltada para volver a su casa’

Hay un evidente rechazo social al problema. “Los violadores forman parte de nuestros barrios. Los agentes los conocen y prefieren no detenerlos. Las familias rechazan en muchos casos a las hijas, hermanas… que declaran su homosexualidad. Los testigos y médicos no acuden a los juicios, los abogados no quieren defenderlas, lo que hace que sea un proceso interminable”.

Su día a día es parecido. “Yo nunca entro en un bar de los township, sé que corro peligro. Si hacemos una reunión es en una casa, encerradas, yninguna sale a la calle a partir de las ocho de la tarde“.

Luego llega la enfermedad. “Muchos de los violadores son ex convictos que han sido violados en la cárcel. Tienen Sida, lo que acaba siendo una sentencia de muerte para nosotras”. El rechazo se extiende también a sus hijos. “Muchas tenemos hijos y si en la escuela se enteran que su madre es lesbiana son apartados”.

Sin embargo, la campaña ha abierto una nueva puerta a la esperanza. “Trabajamos en una asociación que tiene 350 mujeres. Tenemos dos equipos de fútbol y estamos creando uno de rugby. Hacemos obras de teatro y empezamos a perder el miedo a salir a la calle. La gente viene a vernos”.

‘Las familias rechazan a sus hijas, hermanas… Los testigos y médicos no acuden a los juicios..’

¿Qué le pides al ministro? “Una nueva legislación que califique la violación de lesbianas como un agravante, protección policial y ayudas a las víctimas. Les votamos para que nos protejan, no para que nos olviden”, concluye.

Lo curioso es que Sudáfrica tiene una legislación especialmente dura contra las violaciones, una lacra social, y fue el primer país africano en legalizar el matrimonio homosexual y en penar la discriminación sexual. La presión internacional ha conseguido que las voces de las víctimas sean ahora escuchadas en el Parlamento.

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Por qué fui a la Marcha de las Putas

Porque a los 12 años un tipo me dijo que me quería y me puso la pija en la boca. Y yo pensé que me estaba “cuidando” porque no me había cogido.

Porque en el secundario me decían que era una puta. Era virgen. Solo leía más libros que las demás, hablaba de más cosas que las demás, usaba otra ropa que las demás.

Porque tuve un novio que me decía “vení, putita”. Y yo iba.

Porque crecí pensando que era demasiado flaca, demasiado fea, demasiado loca, demasiado puta, y ahora que soy demasiado gorda, y sigo demasiado loca y demasiado puta veo fotos de ese entonces y me doy cuenta que era preciosa.

Porque mi primera vez duró 6 segundos y fue solo un dolor inmenso y sábanas manchadas que tuve que lavar porque era la casa de él y su madre no podía ver eso. Por haberlo hecho, me gané más nombretes de “puta” entre mis “amigas”.

Porque más de una vez un tipo me cargoseó y cargoseó hasta que accedí a dormir con él. Y no quería. Pero a veces tenía miedo a que se enojaran, a veces tenía miedo a que no me quisieran, a veces pensaba que era lo menos que podía hacer yo si les había “dado pie” para que se me tiraran arriba. Porque quién me manda ser tan puta.

Porque cuando quedé embarazada a los 17 no estaba segura de quién era el padre.

Porque cuando me di cuenta quien era, no le dije nada porque era alguien más grande que yo, más importante que yo en el lugar donde estaba y yo iba a quedar como una estúpida que cometió ESE error. Porque cuando se enteró que estaba embarazada, se hizo el bobo.

Porque cuando aborté, se supo que efectivamente era una puta. Las decentes no se embarazan y si se embarazan, los tienen.

Porque un ex me dijo que era una asesina. Y yo creía que tenía razón y que al mismo tiempo no la tenía. Y porque lo último que pensé antes de dormirme por la anestesia fue “acá me voy a morir porque esto es una casa y esta vieja no sabe nada. Y bueno, me la banco, al fin y al cabo, me lo busqué por puta”. Y pudo haber sido mi último pensamiento en la vida.

Porque tuve amigas que quise tanto que me acosté con ellas. Porque a veces las extraño.

Porque estuve años con un tipo que organizaba orgías creyendo que por participar era más libre que las que me decían puta. Aunque muchas veces me sentía mal.

Porque en un trabajo un tipo me hizo llevarle un café y cerrar la puerta. Y cuando dije que no, me echó. Y mis amigos me dijeron que era natural que él se hubiera confundido porque yo era muy “confianzuda” y usaba pollera muy corta.

Porque cuando no me decidía si quería estar con mujeres o con hombres, pensaba que era solo “cosas de puta” para llamar la atención. Y porque los hombres pensaban que les contaba eso para regalarles a ellos una “fiestita”.

Porque de niña, un familiar me manoseó, y yo pensé que seguramente yo me lo había inventado de puro mal pensada que era, de puro puta.

Porque a veces me gusta tanto coger que no quiero parar en todo el día. Y me parece que eso es “de puta”.

Porque me daba culpa que con ellos no podía alcanzar el orgasmo y conmigo sí.

Porque no sabía que a ellos no les importaba si llegaba o no, salvo por su ego de macho.

Porque me acostumbré tanto a que me gritaran groserías por la calle, que cuando me las dejaron de gritar pensé que era fea y vieja.

Porque cuando perdí un embarazo pensé que era un castigo por puta, por haber abortado de chica.

Porque me gusta pensar y opinar y más de un hombre que me ha querido coger me ha dicho que eso era algo masculino, “una cosa medio lésbica, tanguera”, dijo. Y sonaba como un defecto.

Porque en todos mis años nunca jamás conocí a nadie “decente” cuando lo mirás de cerca.

Porque digo palabrotas y digo cosas personales en medio de temas “serios”. Como acá. Y la gente se escandaliza.

Porque a veces me gusta mucho mucho coger, y a veces no me gusta nada. Y eso no debería tener nada de malo.

Porque no tengo nada de raro. Porque esto le pasa a todo el mundo. Porque una de cinco mujeres sufre algún tipo de abuso sexual antes de los 30. Eso es mucha gente.

Porque tengo hijos. Y merecen no crecer como abusadores ni abusadas.