Lo que no se quiere.

Los domingos de noche.

Los jueves de tardecita.

Antes del amanecer.

Después del fútbol.

Los lunes de mañana.

Después de una fiesta.

 

En bolsas de basura.

Al costado de una ruta.

En un baldío.

Cortadas en pedazos.

Con jirones de ropa.

En la cama.

En camisón.

En la puerta de la casa.

Delante de los hijos.

A la salida del trabajo.

 

Con un martillo.

Con un .38.

A puñaladas.

A golpes.

Con el arma de reglamento.

Con una cuerda.

Con una bolsa.

 

En un balneario.

En un asentamiento.

En un barrio residencial.

 

A una hija.

A una madre.

A una que estudia.

A una que dejó el liceo.

A una profesional.

A una que no fuma.

A una que mira Tinelli.

A una que no tiene tele.

A una que es virgen.

A una que se droga.

A una que come sanito.

A una que hace dieta.

A una que leyó 50 sombras.

A una que leyó a Sartre.

A una que es profesora.

A una que es jovencita.

A una que es anciana.

 

En cualquier día y en cualquier lugar.

En todas partes.

De todas las formas.

 

Por cualquier cosa.

Porque dijo que no.

Porque dijo que ya no más.

Porque se fue.

Porque se quiso ir.

Porque tenía un mensaje en el celular.

Porque nunca te quiso.

Porque te dejó de querer.

Porque te ama pero también se quiere amar a ella.

Porque quiso a otro.

 

Ni “por amor”, ni “por celos”, ni “por problemas de relacionamiento”.

Ni por “incompatibilidad de caracteres”, ni “crimen pasional”.

Si la querés así, la querés mal.

Si la queres así, no la querés.

No se puede matar a la mujer que viste desnuda, a la mujer que viste llorar, a la niña que viste crecer, a la madre que te parió.

No se puede matar a una persona que amás.

 

Se mata lo que no se quiere. Se mata insectos, yuyos, plagas. Se mata enemigos mortales. Se tira.

Se mata y se tira lo que no se quiere. Cosas. Cosas que no se quieren.

Se mata mujeres como cosas.

Las mujeres somos gente.

No somos cosas.

 

Estamos tapadas de cosas.

De mentiras, de prejuicios, de mitos.

Flacas, locas, putas, gordas, viejas.

Chusmas, taradas, trepadoras.

“Fuerte como el hormigón”.

“No te come ni el ácido”.

“Estás para el crimen”.

Para el crimen.

Ahogadas por las etiquetas que dicen que somos cosas.

Pero no somos cosas, ni mentiras, ni prejuicios, ni mitos.

Ni putas ni santas.

Somos gente.

 

“No puede ser”.

“Es una locura” “Era un enfermo”. “Es un horror, una barbaridad”.

“No puede ser”.

 

Pero es. Es a cada rato. Y empieza antes. Mucho antes de que pase.

Empieza cuando somos un chiste, un par de tetas, un agujero, un estorbo, una diversión, una esclava.

Empieza cuando no se quiere.

Empieza cuando en lugar de gente, somos cosas.

Cosas que no se quieren.

Cosas que se matan.

Los domingos de noche.

En bolsas de basura.

Con un martillo.

A una hija.

En cualquier día y en cualquier lugar.

Por cualquier cosa.pile-trash-bags-12122718

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III. Ensayo, error y el librito de los velorios.

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Pruebo a hacer cosas importantes a ver si me distraigo. Pruebo a hacer pavadas como trabajar o limpiar, pero poco. Pruebo a no hacer nada a ver si lo sufro todo junto y ya está. Pruebo a ir llorando de a cuotitas. Pruebo a dejarme caer en grandes ataques de llanto de esos que pensás que no van a terminar nunca más. Pruebo pensar que esto es lo mejor, lo más sano, lo más seguro, lo que yo sabía que quería. Pruebo pensar que esto no pasó en realidad. Pruebo pensar que es una etapa y que después de un tiempo X, o un par de eventos Y, va a pasar lo impasable y se va a poder volver atrás. Pruebo a acordarme de todo, a ver si encuentro algo en los detalles que me ayude a fabricar un lindo cierre, o a verlo todo como algo horrible, a ver si así es más fácil de cerrar.

Pruebo a preguntarle directamente cómo y por qué fue que fue y de un segundo para el otro, borró todo, me borró toda, me borró del todo. Pruebo a hablarle de cosas importantísimas que no me importan en lo más mínimo “como si nada”. Pruebo a explicarle que para esta relación yo hubiera preferido un tiro en la frente, preferentemente luego de la lectura de la sentencia y que definitivamente hubiera pedido un último cigarrillo y no este secuestro y desaparición forzada, que un buen día zas! y no sabés qué pasó y después lo intuís y cuanto más va pasando el tiempo más lo sabés pero no te consta. Pruebo a recordar que si hay algo que conozco, son estas cosas. Que ya sé lo que va a pasar. Que de a poco voy a dejar de querer querer, que de a poco me voy a ir del todo. Que cuando me descuide, me voy a acordar de que no es la primera, ni la segunda, ni la quinta. Y de golpe me acuerdo que es la última.

Y no puedo evitar recordar de qué manera más imbécil, más barata, mas jodida entré al maravilloso mundo de las relaciones con hombres. Ni puedo evitar pensar cómo la salida es más o menos por la misma puerta.

La cantidad de mentiras, trampas, abusos, engaños, celos, maltratos y cosificaciones. Desde el día 1. Desde el tipo 1. Puedo hacer una lista. Tengo una lista. No la hice yo la lista. La hicieron ellos. Como los libros que ponen en los velorios. No lo firma el muerto, lo firman los demás.

El primero no quería que nadie supiera lo que me había “enseñado” cuando tenía 12 años. Así que en lugar de firmar le comentó a unos que estaban ahí “qué loca que estaba esa mina”. Subido a ese carro, enseguida fue uno y puso “vení, putita”. Otro puso “tan chiquita, dónde aprendiste todo eso?”. Uno tachó donde yo había puesto “Te quiero” y puso “Ojalá un día te pueda decir lo mismo”. Uno rayó toda la hoja y puso “PUTA” y después le pegó una piña a un árbol y se limpió la sangre de la mano con la hoja . Uno puso de un lado “no sé por qué tenés esa cosa lésbica-tanguera, sos brava” y del otro lado “nunca había visto a nadie como vos, cuando mirás así es como estar mirando a Dios, al mundo, a la Verdad”. Uno agarró el cuaderno y le puso fotos y videos míos que había sacado en la intimidad. Cuando tuvo que firmar, puso “para mi sobrina” (yo no era su sobrina) y no firmó nada, pero copió un poema que me había escrito a mí y a dos mujeres más. Se fue antes de que lo viera otro que había ahí y que sabía que ese era el que me había subido a su auto a patadas en la puerta del liceo. Uno no firmó porque me había escrito un cuaderno entero, la mitad del cual tenía elogios y poemas y la otra mitad insultos. Dejó el cuaderno ahí, de tapas negras y con un triángulo tallado en la tapa. En lugar de firmar, dibujó el triángulo y puso “5” porque para él yo era el Quinto Elemento, algo así como una máquina de querer. Hubo uno que no fue porque me había dejado embarazada cuando era menor y capaz no se quiso hacer cargo porque capaz no obtenía algún cargo. En realidad más de uno no fue porque no se acordaba de mí. Hubo alguno que fue y se encontró con alguno que conocía y se fueron a tomar una, sin firmar nada. Otros se hicieron amigos en el momento, mientras comparaban datos y recuerdos y chistecitos. El mejor chiste lo hizo uno que dijo que tenía cáncer pero no tenía nada. Pasó por ahí y tocó Junk de Mc. Cartney y después se fue.

Fue uno que llevó la libreta de casamiento que rompí a la semana de casarnos, la quiso dejar al lado del cuaderno pero no encontró la sala. La dejó en otro lado. Uno puso “cada vez que te veo se me para, pero yo soy un tipo fiel y ahora estoy con alguien más”. Apenas se fue ese, vino otro y puso “te juro que el resto del mundo me chupa un huevo hoy, y cuando digo “te juro” y cuando digo “el resto del mundo”, el sentido es literal. No me importa si vos no quisieras que eso sea así. Sos la persona más increíble que he conocido en muchísimo tiempo”. Después puso una cita de borges. Después desapareció. En total estuvo diez minutos. Pasó uno y dijo que ese cuaderno estaba lleno de cosas horribles y que lo que tendría que haber ahí eran citas bíblicas. Cortó y pegó esa de la mujer virtuosa, y una que decía que el amor era fuerte como la muerte.

Cuando se fueron todos, quedó uno que estaba ahí hacía rato, hacía años. Se acercó, leyó todo el libro, revisó en la mochila, sacó una pilot, y puso “yo te banco LO QUE SEA”, “lo único que me importa es que no me dejes de querer”. Después guardó la pilot, lo pensó mejor, dejó en la mesita una caja de cigarros junto con el cuaderno, y se fue. No quedaba nadie más, así que el librito quedó ahí. Nadie le puso una cinta. Nadie lo envolvió. No se lo llevó nadie.

C.5 Flora Tristán, “Por qué menciono a las mujeres”, 1844

Lo que ocurrió con los proletarios es, hay que reconocerlo, de buen augurio para las mujeres cuando haya llegado su 89. – Según un cálculo muy sencillo, es evidente que la riqueza crecerá indefinidamente el día en que se llame a las mujeres (la mitad del género humano) a aportar a la actividad social con la suma de su inteligencia, fuerza y capacidad. – Esto es tan fácil de entender como que 2 es el doble de 1.  Pero, por desgracia, aún no hemos llegado allí, y mientras llegue este dichoso 89, veamos lo que ocurre en 1843.Como la iglesia dijo que la mujer era pecado; el legislador, que por si misma no era nada, que no debía gozar de ningún derecho; el sabio filósofo, que por su organización no tenía inteligencia, se ha llegado a la conclusión de que era un pobre ser desheredado por Dios, y los hombres y la sociedad la han tratado en consecuencia.No conozco nada más potente como la lógica forzada, inevitable, que deriva de un principio planteado o de la hipótesis que lo representa. – Una vez proclamada la inferioridad de la mujer y planteada como principio, vean las desastrosas consecuencias que resultan de ello para el bienestar universal de todos y todas en la humanidad.

vía C.5 Flora Tristán, “Por qué menciono a las mujeres”, 1844.

vía C.5 Flora Tristán, “Por qué menciono a las mujeres”, 1844.

II. La mitad perdida de nosotros mismos

“Es cierto que el mundo está colmado de muchos peligros,

y que hay en él muchos sitios lóbregos,

pero hay también muchas cosas hermosas,

y aunque en todas partes el amor

está unido hoy a la aflicción,

no por eso es menos poderoso”

JRR Tolkien

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Una solera de colores y 14 años. No hacía falta nada más. Con una solera de colores y 14 años todo tiene remedio y nada es imposible. En la Plaza Cagancha la Libertad estaba encerrada entre dos paréntesis llenos de trapos, inciensos y broches de pasta. A cada lado de la Plaza una fila de puestos de artesanos aparecía como una media luna de colores. En uno vendían mates, en otro se graba su nombre en una pulsera, en otro hay camisetas de batik, casi todos tienen collares y bien en el medio, del lado del sol, había un tipo que se llamaba Daniel que vendía otras cosas pero que lo que tenía era una sonrisa que era más bien un cartel de “PARE” si los carteles de pare no fueran tanto una orden sino un hecho, como si por mirarlos, te obligaran a parar. Y paré ahí, cada vez que las clases de inglés me hacían recorrer 18 de Julio desde la Intendencia hasta la Plaza Independencia.

Creo que pregunté por un collar que no me interesaba en lo más mínimo, creo que pregunté con un poco de ingenio, o capaz solo pregunté con una solera de colores y 14 años. Creo que me contestó con una broma. Y entonces tres veces por semana, mientras salía de clase ensayaba bromas o imaginaba cuál sería mi próxima frase ocurrente y festejable para ganarme más sonrisas y más Daniel.

Él hablaba de la vida en un kibutz, yo de la vida en Carrasco, los dos hablábamos de música y de cómo algunas canciones dicen cosas tan bien que la gente tendría que hablar en letras de canciones y dejarse de joder. También hacíamos chistes sobre las mujeres “plásticas”. Yo pensaba que esas mujeres eran así porque elegían, porque a los 14 y con una solera de colores te parece que todo lo que pasa lo elegís vos.

Luego de un par de semanas, la invitación. Una salida fuera de las medialunas de la Plaza, fuera del micromundo de los paréntesis vigilados por La Libertad, allá arriba. Fuera del escenario familiar y cómodo, pero demasiado pequeño. Casi enseguida, la pregunta inevitable: ¿Pero cuántos años tenés bien?

La respuesta tenía que anular inmediatamente soles, chistes, collares y salidas. Cara de “¿y eso qué importa” mientras digo con toda la autoridad que puedo encontrar en ese cuerpito: “Catorce”. Y después ese Catorce resonó como tres o cuatro veces, como pregunta. Daniel seguía repitiendo “¿14?” “En serio, ¿14?” y yo contestaba con cara de “¿Y qué querés que haga?” que sí, que tenía 14 nomás.

Hasta la estatua entre paréntesis notó que algo había pasado, pero no hubo ningún cambio de planes. En ese momento yo creía que cuando la gente cambiaba de opinión, lo decía en el momento y que si no decía que ya no quería verme porque tenía 14 años entonces era porque de verdad no le importaba que tuviera 14 ó 5.000 años, porque al fin y al cabo, una qué sabe de verdad cuántos años tiene. Es cierto que ahora era Un Tema. Había Un Tema con el tema de mi edad. Pero no había tema que no pudiera resolver a los 14 años y una solera de colores así que no me importó.

En la casa de mi madre pensaba en qué ponerme, como cualquier nena de 14 años, y calculaba cómo iba a hacer para que se notara más la parte de mí que no tenía 14 años que la nena. Ya sabía que en la conversación esos 14 desaparecían si elegía adecuadamente de qué iba a hablar, a quién iba a citar, qué gestos iba a hacer.

Mi madre golpea la puerta del cuarto y dice algo sobre a qué hora volvía o a dónde iba. Ella sabía que yo iba a salir con alguien. Sabía que ese alguien era Daniel. Sabía que Daniel no tenía 14 años hace más de 14 años. Asombrosamente no estaba enojada ni nerviosa, ni repitiendo incansablemetne que me iba a pasar “algo”, que tuviera cuidado porque hay gente que pone drogas en los vasos de las chicas en los bares así después ellas se enganchan, porque mi madre la letra de “El primero te lo regalan, el segundo te lo venden” no la sabía, pero esa era su lectura. Como esta vez no me lo dijo, no le tuve que recordar por enésima vez que el negocio de que te regalen el primero es que sepas que te lo están regalando, porque si no, no vas a querer comprar algo que no sabés que consumiste y que esta gente no regala lo que tiene porque le guste compartir sino porque esto es por plata. Que era como si las promotoras en el supermercado te pusieran adentro del carro galletitas con queso de untar sin que vos supieras cuáles eran. Esta vez pude pensar en si lápiz de labio o no lápiz de labio, como las nenas de 14 años porque mi madre estaba tranquila al respecto.

-Hablé con él por teléfono. Me pareció un buen muchacho.

Me reí por dentro pensando qué podría haberle dicho un artesano de 33 años que fumaba porro, tomaba merca y viajaba cada tanto por el mundo a la madre de una nena de 14 años con la que iba a salir esa noche, pero fuera lo que fuera, había funcionado. Mentira, me reí por fuera también. Me reí con el pelo y con los ojos y me reí con la solera de colores que dejé sobre la cama. Me reía porque no había ningún tipo de problema con nada. Yo había encontrado una persona a quien le interesaba, que me hacía reír, que me miraba como alguien mira a alguien que quiere (sin entrar en mayores análisis de qué es querer – 14 años). Y bueno, los dos teníamos edades, como las tiene todo el mundo. Pueden seguir circulando, no hay nada que ver.

Me llevó a un bar en Punta Gorda. No existe más. El pidió una cerveza y a mí me pidió una Coca. Como a una nena. Empieza la función.

– Sos muy chiquita. Yo no te convengo.

Y yo empiezo a tratar de hacerle entender que eso no era lo importante. A mí no me convenía nadie, grande, chico, daba lo mismo. Yo lo quería a él, vaya uno a saber por qué y no tenía tanto respeto por las fechas como para perder la oportunidad.

-¿Vos sabés qué me conviene a mí?

-No, pero tenés 14 años.

-¿Me compraste una coca para explicarme mi edad? Yo ya sabía mi edad. La calculo fácil porque en la cédula dice cuándo nací.

-Vos entendés lo que quiere decir que tenés 14 años.

-Sí, y vos entendés que pasás bien conmigo. Te estás riendo sin parar hace media hora. Me mirás como si te gustara. ¿A quién le importa si tengo 14 años?

-Pero oíme – se reía – vos sos virgen.

Por supuesto que yo ya sabía que era muy importante el día en que un tipo fuera el primer tipo que te hace Eso que antes pensaba que era bueno y ahora sé que no lo es, ríos de tinta sobre la virginidad, sobre cómo había que perderla, sobre la persona adecuada y sobre el efecto que ese polvito corto, doloroso y berreta que casi siempre es el primero era tan importante y nos cambiaba tanto la vida.

-Sí, precisamente. Yo preferiría que ese asunto lo resolvieras vos, pero si lo que te preocupa tanto es esa transitoria condición mía, yo puedo ocuparme de eso fácilmente. Estoy segura que debe haber algún imbécil que no tenga objeción en ser el primer tipo en acostarse conmigo. ¿Querés que venga y te avise cuando haya resuelto el problema?

Di el argumento por ganado, pero no había ganado nada porque esto no tenía nada que ver con la argumentación o la lógica. Y yo pensaba que si uno explicaba lógicamente algo, era un hecho que la otra persona lo iba a entender. Eso de que la un razonamiento impecable no valía nada era una novedad para mí. Tiene razón pero marche preso.

Pidió la cuenta, dijo algo sobre haberle prometido a mi madre devolverme a casa temprano, y caminamos.

En la esquina, sin que me lo esperara y habiéndomelo esperado desde el minuto que me senté en el bar, me da un beso. El mejor de los besos. El beso de todos los besos. El beso de las películas. Y aun ese, el mejor beso, el de los violines mientras funde a negro era un beso amarguísimo, que decía “esto no va a pasar, y es una pena” por todos lados.

Y otra vez la ambigüedad esa; un tipo tan bueno para mí y que me quería tanto que Eso no iba a pasar porque yo era muy chica. Yo ya había conocido esos amores que se notan por el no. Bah, amores. Yo que sé.

Había conocido a un tarado que por respeto a mis jóvenes 12 no me penetraba. Pero me hacía otras cosas. Ese no pasaba de 16. 

Había conocido a otro, pichón de latifundista que me regaló una rosa para mi cumpleaños pero se la hizo llevar a alguien más porque andar con flores por ahí era de puto y que me llamaba cariñosamente con un tiernísimo y carrasquense “vení, putita”. Ese tenía 15.

Entonces este otro, que les doblaba la edad y todavía le sobraban un par de años, que me hablaba de drogas y de música, y de política y de que era la persona más linda e inteligente que conocía y que explicó que el problema que yo tenía y que iba a tener toda la vida era que siempre, por una cosa o por otra, iba a ser Tiria para los Troyanos y Troyana para los Tirios, porque era muy grande para los chicos de mi edad pero muy chica para él, solo por ese decir que no y hacer que no, ya era mejor que los otros. Solo por ese no.

Claro que cuando me dijo eso yo pensé que a pesar de ser un tipo grande, era medio tarado y que solamente no encajaba con la gente de mi edad porque la gente de mi edad hablaba muchas idioteces. Pero luego resultó que siempre tuvo razón. Demasiado chica, demasiado madura, demasiado rebelde, demasiado nena bien, demasiado racional, demasiado loca, demasiado pasional, demasiado fría. Demasiado perdida entre todas las multitudes de gente que decía siempre cosas distintas pero hacía siempre lo mismo. Demasiado sola y demasiado llena de ganas de que alguien me quisiera lo suficiente como para no verme como demasiado nada, de que alguien dijera “epa, no hay nada de malo en vos, la verdad que yo te quiero” y que quisiera decir exactamente eso.

Pero ahora había algo de malo en mí, mi cédula y mi virginidad. Así que no me dijo nada de eso y me fui a casa, a sacarme la ropa y tirarla al lado de la solera de colores.

A los pocos días volví a la Plaza y Daniel ya no estaba. Y a los pocos días de eso volví a volver y tampoco. No le quise preguntar a los amigos, ni a la Libertad entre paréntesis. Brasil, la Paloma, Israel, daba lo mismo. Una vez me escribió una tarjeta que decía:

Macabro como el vientre de los misiles…

así estoy yo sin ti.

Y entonces tuve que empezar a escuchar canciones de Sabina. Y durante un buen rato en el que traté desesperadamente de estar desesperadamente enamorada todas las veces que fuera posible hasta Esa Vez en la que encontrara la mierda esa de la que hablaba Kundera, del amor que era la mitad perdida de nosotros mismos, varias veces pasé por la plaza pensando en lo cretino que era Sabina y en lo cierto que era que no había nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió y en si quizás, por alguna casualidad loca de esas que pasaban todo el tiempo, en algún lado estaría escondido Daniel, mirando a ver si mi solera y yo ya habíamos cumplido la mayoría de edad y si ya no éramos vírgenes para aparecer y darme otro beso que no terminara nunca. Luego empecé a buscar besos en otros lados.

Y no volví más.

I Tango. Salsa. Plasticina.

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Empujaba el carrito en cámara lenta mientras revisaba si los diferentes productos a la vista eran o no apropiados para la dieta especial sin gluten, sin caseína y sin soja que estaba siguiendo para el autismo recién diagnosticado de mi hijo de 3 años. Me detuve frente a los lácteos.  Un hombre de barba, delgado, bonachón pero avejentado, como si hubiera envejecido de golpe, como si le hubieran llegado todos los años juntos, leía con cierto esfuerzo la etiqueta de un yogur. Aproveché los segundos que demoró en bucear entre los círculos de la memoria para sonreírle y ganar tiempo. Finalmente, el nombre apareció.

–          ¿Ruben, verdad?

El hombre asintió y yo sabía que escuché en mi mente el inevitable diálogo que siguió, antes de que sucediera:

–          ¿Tu nombre era…?

–          Lenina .

Le sonreí con una mueca que dejaba entrever lo obvio. Iba a tener que darle más datos. El tipo me miraba con simpatía y cierta confusión.

–          Antúnez.

Como si fuera realmente importante, sentí un poco de rabia, un fastidio exagerado al tener que presentarme con tantas formalidades. Como si fuera  alguien que ya no era, agregué:

-Hubo unos tangos.

Se nota que la amenaza sutil funcionó y el pareció reconocerme de inmediato. “Unos tangos”, repitió, medio como preguntando.

Desde la góndola de congelados, aparece una mujer aun mayor que él, seguramente su madre o una tía. Como quien quiere evitar los detalles y como si estuviera hablando de alguien más, rápidamente hace las presentaciones. O más bien, hace una sola presentación.

“ Lenina Antúnez, la hija de Dalton Antúnez, de la agencia de publicidad. ¿Te acordás?”

La anciana miente y dice que claro que sí. Es decir, no era del todo mentira, era efectivamente la hija del fundador de una de las agencias publicitarias más grandes de un país que había una vez en este país. Pero no era por eso que conocía a Ruben, ni había visto jamás a aquella señora.

No era la primera vez que me enfrentaba al borroneo de alguna historia personal, de las versiones personales, del cuento de cómo le fue en la feria a cada cual. En este caso, como  en tantos otros, la historia había sido más o menos así. No hacía falta ser hija de un publicista para saber que “más o menos así” no era verdad, sino “más o menos” verdad.  Ni para saber que las partes más verdaderas de cualquier verdad eran las primeras en borronearse en esos “más o menos”.

En este caso, la Verdadera verdad era que en los 2 ó 3 meses en que salieron quizás hablamos de mi padre o su agencia un total de 10 minutos. La relación, si es que puede llamarse así, pasó más bien por otro lado.

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El volumen de la música estaba apenas por encima de lo tolerable. Era posible que ni siquiera estuviera más alto que lo tolerable, pero era Salsa, y en ese entonces tenía clarísimo que era una convención inviolable sostener la detestabilidad de la Salsa y todo lo que la acompañaba, plena, cumbia, tropicalias varias y demás Kosas con K.

Al frente del salón, un escenario bastante improvisado, sin mayor delimitación que la cantidad de parejas que bailaban frente a él, alojaba a los músicos. Al fondo, la barra donde el matrimonio de Francisco y Rosa atendían a los clientes de El Bodegón, con la ayuda de su hija. Le habían puesto Tania, o Ana  Clara, o algún otro nombre con connotaciones revolucionarias.

Francisco y Rosa María eran mexicanos. Francisco siempre había sido muy amable conmigo y yo pasaba buena parte del tiempo en El Bodegón. Llegaba apenas abrían, o inclusive mientras se preparaban para recibir al público y me quedaba un rato, para volver a casa de mi padre antes de que empezara el ruido y la noche en serio. Vivía apenas a una cuadra, de modo que en unos pocos minutos huía del humo, los dile que no y enchuflas para compartir con Dalton algún plato caliente de Pollo a la Portuguesa que el veterano había hecho preparar, algún concierto en video de Pink Floyd o Dire Straits que Dalton pausaba y despausaba siempre en las mismas partes para comentar “qué lo parió vieja, qué increíble, ¿viste esa parte?” y cosas por el estilo, alguna maratón de El Padrino con algún vaso de whisky y largas charlas sobre la historia de la publicidad y el backstage del “ambiente” en Uruguay, alguna cena con clientes o directivos de algún medio; cosas “de grandes” que solían terminar bastante tarde en la noche y por las que mi madre inevitablemente protestaba. Ella sostenía que no era seguro para una chica de mi edad.  Yo intuía que la idea que mi madre tenía sobre lo que era seguro y lo que no no se ajustaba demasiado a la realidad. Hasta ese momento era solamente una intuición de adolescente.

Una de esas tardenoches, Rosa María no estaba en El Bodegón. Tampoco Tania. Francisco siempre había sido muy amable, como si el hecho de ser vecinos nos uniera más que con el resto de los habitués del lugar, como si la amistad se midiera en cuadras. A veces me lo encontraba haciendo alguna compra en algún negocio del barrio, a veces él llegaba con las bolsas del supermercado mientras yo charlaba con Rosa María. En algún lugar tan borroneado como el resto de la memoria, guardo pedazos del recuerdo de una vez en que Francisco fue mucho más amable que de costumbre y de cómo quiso ser mucho más amable aun. Mientras él se acercaba, yo pensaba en Rosa María, y cómo me había enseñado a cocinar algún plato mexicano, como me había dejado ayudar con las quesadillas, como Tania (o Ana Clara o algún nombre con connotaciones revolucionarias) y yo teníamos más o menos la misma edad y sobre todo en cómo salir de allí sin tener mayores problemas.

Me levanté y me fui lo más rápidamente que pude, casi corriendo la cuadra que me separaba de su padre y de la cena, sintiendo una mezcla de culpabilidad y asombro, y una duda ya conocida. Ese no saber si de verdad pasó lo que pasó o si yo había exagerado,  en mi mente, si no había sido injusta con alguien que quizás solamente estaba siendo amable. El recuerdo de esos torpes labios gruesos apretándome los míos dejaba claro el asunto, pero allí la duda-culpa se reformulaba en si yo le habría dado algún motivo para que él supusiera que eso era lo que quería. Como si el hecho de que jamás se me hubiera cruzado por la mente besar a ese señor fuera menos importante que el hecho de que usaba minifalda. O como si yo hubiera elegido volver a aprender por las malas más lecciones sobre la desilusión, sobre sentirse usada, sobre el abandono. Porque cuando alguien que una chica ve como un amigo, un mayor, alguien con quien sentirse segura, decide manosearla, la abandona. Ella desaparece y en su lugar queda una mujer – no importa la edad –  sola, convencida de que todo da lo mismo. Crecimiento acelerado. Maduración express.

Seguí yendo a El Bodegón. Seguí saludando a todos como si nada hubiera pasado. Seguí pidiendo mi mojito y Francisco siguió sirviéndomelo. Como si nada hubiera pasado. Cualquiera de esas noches, con el vaso en la mano cambié de mesa y saludé a alguien que era amigo de alguien más. Al cabo de unos minutos,  mi mojito y yo competíamos con Manolo para poder entablar una conversación con Ruben. El cubano cantaba “Qué manera de quererte, qué manera” y yo conversaba sobre alguno de los grafittis y garabatos hechos por los mismos clientes que adornaban las paredes del local.

La noche hacía lo suyo y al cabo de un rato los dos estábamos fuera del bar, a los besos en una esquina. Como si fuéramos dos adolescentes. En realidad éramos una adolescente y un individuo de 32 años. Curiosamente él parecía tener menos preocupaciones que yo.  No recuerdo haberle dicho mi edad, pero ya sabía que en todo caso, funcionaría como incentivo y no como detractor. Había quienes decían que no aparentaba tener 16 años a simple vista, y que una vez que hablaba y opinaba sobre algún tema ya no quedaban dudas de que era mayor. Eso no era mérito mío, sino simple comparación con el resto de las muchachas de mi edad. En todo caso, un anti-mérito de ellas que me hacía parecer más madura de lo que era en realidad. En algún momento borroneado hubo un breve pasaje por casa de mi padre, una mentira sobre cómo iría con alguien a hacer algo y un ómnibus con un recorrido mucho más largo que cualquiera de aquellos a los que estaba acostumbrada, que de todos modos pareció llegar a destino un poco más rápido que lo que sucedía normalmente. Una caja de cigarrillos gigante, parte de una campaña de publicidad carretera marcaba el destino del viaje de esta primera cita. Bajamos del ómnibus y él me guió hasta la puerta de una antigua casa quinta, casi en ruinas, donde vivía y donde pasaríamos el resto del poco tiempo que le quedaba a la noche.

Era una primera cita y yo tenía bien claro que definitivamente era “de ésas”. Casi todas mis primeras citas terminaban del mismo modo. No había aprendido aún que para que no tuvieran ese desenlace era yo quien tenía que marcar los límites de la cita. No hacía falta seguramente hacer como algunas de mis amigas, calcular exactamente qué correspondía cuándo – beso al final de la primera, mano debajo del buzo en la segunda, caricias debajo del pantalón en la tercera – pero probablemente fuera bueno tener algún plan al respecto y seguirlo. En alguna parte de mis tontos 16 años yo creía que todo lo que oía era cierto y que cuando alguien decía cosas como que me iba a cuidar o que me quería eso era exactamente lo que quería decir.

Siempre me pareció muy curioso cómo esa ingenua política coexistía con la desconfianza más atroz y el cinismo más radical. Otra de esas contradicciones. Desconfiada e ingenua por partes iguales.

plasticina

Los primeros recuerdos en borronearse tienen que ser los menos importantes. Quizás por eso lo único que recordé del desenlace de esa noche fue que ahí tuve mi primer orgasmo. Supe de inmediato que tenían razón todos los hombres a quienes no había podido contestar sinceramente si lo había tenido o no, cuando me decían que cuando pasara, me iba a dar cuenta. Supe también que le había mentido a varios. Supe que era una mentira que no importaba, porque era una verdad que tampoco importaba. Sonreí, sin comentar la “novedad” con Ruben para no salirme del personaje de muchachemme fatale que venía construyendo desde hacía bastante. Actuar como si las cosas más insólitas fueran parte de mi menú diario era una de las características principales de este personaje en que venía convirtiéndome de a poco, supongo que en parte sin querer, pero no estoy segura. En alguna parte de mis tontos 16 años yo creía que eso impresionaría a los demás. Y esa mezcla de necesidad con obsesión era lo que me tenía en la cama de un tipo de 32 años, con tres hijos y un trabajo de segunda que vivía en una casa que se venía abajo y que era de su ex –mujer, donde también parecían vivir – o al menos frecuentar-  una drogadicta estudiante de joyería, un muchachito que tocaba la guitarra bastante mal y, por supuesto, los tres hijos de Ruben.

Aprendí a batir claras y hacer merengue para la merienda de los niños, a forrar cuadernos para la escuela y a sacar piojos. Además de la certeza de que no tenía ningún problema fisiológico que me impidiera alcanzar el clímax sexual (porque la verdad, ya estaba dudando) y todas esas lecciones sobre maternidad temprana me llevé muy poca cosa de esa casa quinta en ruinas.

A lo sumo, un par de canciones, una de las cuales jamás llegué a oír entera. Ruben me llamó por teléfono y me contó que desde que ya no iba a la Villa los niños me extrañaban mucho, y el también. Me pareció de lo más extraño porque su voz sonaba  como si estuviera sonriendo mientras decía eso, como si extrañar mucho a alguien con quien uno duerme no doliera nada, como si fuera algo que uno compartía con sus hijos cuando venían de visita de casa de su madre.

Me contó que me habían escrito un tango. No él, todos. Curiosamente eso no me pareció raro, porque ni me parecía ni me parece que el tango sea triste, o mejor dicho, que lo triste sea necesariamente feo.  Me lo cantó por teléfono, o  me leyó parte de la letra. Me dijo que cuando fuera otra vez me lo cantaban los cuatro y como nunca volví,  nunca supe exactamente qué tango me habían compuesto, pero sí sabía que jugaba con algunas palabras y con datos que había compartido con Ruben, o de los que le había contado detalles, o de cosas que estaban sucediendo en ese momento. En la charla de El Bodegón había surgido el tema de la trilogía El Señor de los Anillos – libro, no película todavía, era 1994– y en alguna de esas meriendas escolares yo había hablado del colegio donde había estudiado desde los 5 hasta los 15 años, el St. Catherine’s School de Montevideo, o habíamos escuchado juntos un cassette con la banda sonora de la película Tango Feroz. Con datos de ese tipo habían armado el tango familiar que decía cosas más o menos como estas:

De Elfos o de Mordor, más allá,

Más acá, Lenina, más acá…

Todo concluye al fin,

Nada puede escapar, Saint  Caterín”.

Esa no era la que más me gustaba.  A mí le gustaba una que decía

Combina, sumemos,

Una gata en un carlucho,

cuando hablo no te escucho,

vos re triste y yo retrucho,

con un pancho, un cucurucho.

Imagina, bailemos,

Con los Beatles, con Sabina,

Marihuana, cocaína,

No tabaco por la angina,

Hasta el shopping te lastima.

Si planifico con el Harapo para salir a correr yuppitas

Medio vestidos o disfrazados, saco, camisa, corbata y guita

Un movicom por toda herramienta, bien aferrado, como un rencor

Un portafolio y beldent de menta, silbando clásicos y rock n’roll

Empiezo a ver en todas las esquinas,

Contradicciones, mambo con tango

En todas partes florecen ruinas

En Solymar Valizas o Salinas

Tacuarembó y Propios, Propios y Minas

Tu regalito se me termina.

Esta caricia va, tierna, dulce

Esta Lenina así, me seduce,

Apurate a la movida

Que la vida vuelve a ser la vida

Que la vida sigue siendo la vida”

El hecho de que había sido escrita para otra Lenina nunca pareció importarme demasiado. Estaba convencida de que la otra Lenina no la habría memorizado como yo, ni había entendido todos los detalles que mencionaba y que definitivamente no la escucharía en su cabeza 18 años después, frente a la góndola de los lácteos, cuando vuelve a sentir ese frío conocido que se siente cuando uno se topa con lo olvidable que se es.

Por un segundo pensé que quizás alguna otra Lenina recordaría el tango que había sido para mí pero que nunca había escuchado  y eso le daría un mínimo sentido de continuidad a la cosa. Como si la vida fuera el juego del globo, en que uno empuja el globo y el otro tiene que tocarlo antes que toque el suelo,  y todos vamos tocando todos los globos que tenemos al alcance para que todos los juegos de todos no se terminen nunca. De modo que uno, sin ser demasiado consciente de ello, influye en la vidaglobo de los demás, solo porque lo tocó para que no cayera y lo envió en otro viajeglobo por ahí. Si alguien lo deja caer, porque no lo mira, porque lo olvida, porque lo rompe, el globo cae y todos pierden, por culpa de ese.

Pero esto no era un juego imaginario de globos; mi “olvidabilidad”  no era culpa de Ruben ni de ninguno de los otros idiotas que llenaron éter, pentagramas, cuadernos y servilletas con declaraciones para luego entrecerrar  los ojos como diciendo “estoy pensando quién eras, pero no hay caso, no me acuerdo.” Era simplemente manifestación de otro juego, mucho más real, uno que había convertido en una manía personal. Con plasticina.

El procedimiento era sencillo: Yo era la plasticina, los demás venían con rueditas, palitos y moneditas a hundirlas en mí y dejarme a mí, la plasticina,  toda llena de huellitas, limpiando los restos de mí que quedaban en las ruedas y palitos con el primer trapo o vuelta de la vida que les apareciera delante. La única manera de borrar las huellas de la plasticina, sin embargo, era aplastarla entera, formar un bollo y volverse a armar. Para sobrevivir hay que ir desarmando todo y volviendo a empezar. El problema es que al hacer el nuevo bollo se mezclan los colores y todo se desdibuja y queda borroneado y gastado. El problema es que al no verse las huellas parecería que se está empezando de cero. Pero no.