Rojo o Naranja que no es violeta, escapate, Marieta.

Rojo y Naranja sin violeta, escapate, Marieta.

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La soga es de género (8 de marzo)

Podría ser cualquiera porque en realidad son millones. Es un ejemplo cualquiera. De todos los ejemplos que todos los días rompen los ojos. Esta vez otra vez URUFARMA. Ahora usando la fecha en que se conmemora la lucha de cientos de mujeres que dieron su vida por la libertad y la justicia para vender unas pastillas más y volver a poner el foco en cualquier otra cosa menos en las mujeres; para que no olvidemos por qué es que hay un Día Internacional de la Mujer nos muestran que hasta en el día de la mujer hablan de varones. Como el año pasado.

Y otra vez desde la comodidad, y el lujo de ingenuidad que la comodidad regala, los aplausos y los pañuelos. Entendiendo todo mal. Feministas que festejan que las mujeres desaparecen del Día Internacional de la Mujer. ¿De qué te emocionás? Te venden la soga. No es una manera de decir. Te venden la soga con que los vas a colgar. Nada importa más, nada vale más, todo lo demás no importa y no es.

URUFARMA no representa la lucha de las mujeres por su liberación. No representa la convivencia justa, libre, entre varones y mujeres. Representa exactamente lo mismo que cualquier otra empresa de la industria farmacéutica que comercializa productos destinados a las mujeres. Venden anticonceptivos. Suponer que una empresa que vende anticonceptivos tiene algún aprecio por las mujeres es no saber lo que es una empresa ni lo que son y fueron los anticonceptivos. Y no tienen por qué ponerse a hilar tan fino que estamos hablando de algo muy básico, pero para la que quiera engancharse, podríamos pensar en la comercialización de anticonceptivos, a qué edades se empiezan a dar, cómo se le dice a las niñas que es bueno para su cutis, para su humor, para su regularidad, podríamos pensar qué hace eso con nuestros ciclos, con nuestras individualidades -todas tenemos que ser iguales de lindas todas con un humor aceptable igual todas relojitos, qué efectos tienen en nuestra salud, en nuestra fertilidad. Se podría pensar más cosas por el hecho de que justo se trate de un rubro tan pero tan ligado al control de la salud de las mujeres y a la sexualidad de las mujeres. Pero no hace falta. Alcanza con imaginar que una empresa del rubro frigorífico hace un spot donde los humanos cuidan y aman a los lechones en su día y que asombrosamente, varios lechones dicen ay gracias qué lindo me emocioné.

Te venden la soga con que los vas a colgar. Y te venden la soga con la que te cuelgan a vos.

Son el capitalismo y son el patriarcado y le pagan a tres hipsters para hacer un spot que haga lagrimear de emoción a gente que se niega a ver la realidad -bastante más sucia, sudada, entreverada y rica-y prefiere simular una paz de cartón.

No es prolijita. No es limpita. No fue a facultad, no se portó mal de las formas en las que está bien portarse mal, no va a  Valizas, no le fue bien en todo, no tiene iPhone, no está cómoda, no es UnTecho, no es Splenda. Yo no digo que sea fea, o que sea solo fea. Pero no es este cuento infantil mal libretado que nos taladra con lugares comunes, correcciones políticas y declaraciones huecas con filtro de Instagram y sonrisas campaña electoral. Es rara, es enorme. Es dolorosísima y peligrosa, y tiene vueltas y planes B por todas partes. Es triste y muy injusta y tiene segundos de belleza pura y brillante tirados por ahí.

La realidad es que vivimos en un sistema que desde hace seis mil años subsiste sobre el lomo y las lágrimas y lamento que no es lindo hashtag pero también mucha sangre de mujeres fregando, pariendo, sangrando, llorando, sembrando, soportando y tejiendo mucho más que pisos y trapos y plantitas y semillitas que plantan los nenes adentro cuando nos quieren mucho y así se hacen los bebés.

Es invisible. Es invisible a voluntad. Es invisible subliminal. Parece que no existe, que es un cuento de dinosaurios. Ahora no pasan esas cosas. Ahora las mujeres hacen lo que quieren. Ahora los varones lavan los platos y toman tragos con sombrillita. Pero el año pasado, en este país donde vivimos 4GatosLocos, hubo c u a r e n t a varones que antes o después de hacer yoga vegano de buena conciencia y nueva masculinidad corresponsable   de los progresismos alegres del cambio cultural, asesinaron a una mujer que les dijo que no o que ya no.

Pero además de esos 40 que vos dirás son pocos,  centenas de niñas a 10 minutos del MacDonalds de 18 y Ejido son, fueron pero son porque pasa todos los días, porque es la realidad sin instagram, violadas y vendidas por padres, padrastros y madres desesperadas en menos de lo que cuesta el Starbucks que te encantaría tomar. Pero además de esos cientos, hay niñas y adolescentes que en un frenazo de una camioneta, o en una entrevista de trabajo que resultó ser algo más, son vertidas en las tuberías inmundas de las redes de trata que alimentan la violencia y depredación de las mujeres conocida como industria sexual que, como el sistema voraz que la formenta y sostiene, no tiene países ni religión ni ideología más que el lucro y el sometimiento de las mujeres como instrumento y objeto de placer, desahogo y depósito de violencias y frustraciones acumuladas.

Pero además de estas demasiadas historias de horror y muerte, el sistema patriarcal y heterocapitalista en que malvivimos, nos lastima de maneras más pequeñas y naturalizadas. Nadie se horroriza pero sabe que un altísimo porcentaje de adolescentes de nuestro país y probablemente de casi todos los demás, considera “normal” que los chicos le revisen el celular a sus novias, y que ocasionalmente o si ella le da motivos, un empujón o un grito está “justificado”.

Nos dicen ya no es necesario luchar porque los tiempos cambiaron pero las mujeres uruguayas todavía no podemos decidir ni en nuestra propia cama. Las chicas jóvenes sufren la invasión presentada como halago cada vez que salen a la calle y conviven con la tortura de los paradigmas heteropatriarcales de belleza que nos tienen traumadas y autohambreadas para poder ser cogibles pero que no tenemos que hacerlo por eso sino por “nosotras mismas”, para querernos. Porque a nosotras también nos enseñan a querernos mal, por los motivos más aburridos e imbéciles. Se nos enseña que los que se pelean se aman, que si te cela te quiere, que tenés que sonreír más, que si no sos loca y malcogida y que hay que ser una señora en su casa y una puta en la cama y hay que ser madre, sacrificada y orgullosa y también buena esposa, tolerante y compañera y también camionazo emputecido porque si no te humillan por puta te humillan por frígida y vos quedás dando vueltitas para ver cómo cumplir tanto mandato y no te da tiempo a pensar que lo mejor que podés hacer es desafiliarte. Tan adentro estás que no ves la realidad y te parece que elegís.

Es invisible y te perfora los ojos si llegás a ver un pedacito. Por cualquier rendijita que te hagan a vos o a alguien que conozcas, se te cuela realidad. Es un segundo. Es una piña, un empujón, un “callate tarada”, un trabajo que perdés porque no querés quedarte fuera de hora con tu jefe, un tío que te toquetea a la vuelta de la playa, una amiga que te llama con la voz quebrada para pedirte si se puede quedar en tu casa, una feminista que dice lo mismo que vos sentís aunque vivió en otro continente hace unas décadas. Pero tenés que mirar.

Tenés que mirar aunque no querés. Porque si no mirás bien,  te encandilás. Te confundís. Te mareás con actos oficiales y campañas de sensibilización livianas y políticas públicas. Te pensás que el problema no existe o que el problema sos vos. Te venden la soga. Te la forran de raso, de seda negra, de 50 sombras, de empoderamiento, de taco aguja. Te venden la soga y te ahorcan con la soga.

Y vos te emocionás. Porque la equidad de género. El lenguaje inclusivo. Y tan emocionada estás que ni te das cuenta que hasta por esta porquería se quejan. Que la misoginia de los varones y la misoginia internalizada de las mujeres es tal que hasta por reclamar las limosnas de acciones afirmativas y que tengan la decencia de nombrarte cuando te hablan te van a acusar de autoritaria, de peligrosa, de fascista. Te van a odiar igual que si sos separatista y ofrecés castraciones gratuitas para machos. Porque ya te odian. Los malos te odian y los buenos también. Son sensibles, concientizados, con perspectiva de género. Conmemoran el 8 de marzo. Pero solo muestran hombres. “Culpan a los hombres de los prejuicios machistas”. “Y al fin y al cabo quién los crío así”.

Y vos podrías explicar que responsabilizar a las mujeres de criar machistas es igual que responsabilizar a un obrero de contribuir con la riqueza del patrón. Podrás explicar que si ven lucha de clases y no le exigen a un trabajador reunirse en su sindicato con el jefe no deberían obligarte a compartir todos los espacios y toda tu vida con varones. Podrías explicar de todo. Pero terminás pidiendo perdón porque el spot que hace una empresa farmacéutica que lucra con la hiperheterosexualización de las mujeres, que se enriquece con tu cuerpo y que en el día en que vos recordás que las mujeres no somos cosas ni clientes ni esclavas y que podemos levantarnos y luchar y que alguna vez alguno nos va a querer encerrar y prender fuego, pero que la alternativa es rompernos las rodillas postrándonos al paraíso hetero-romántico del empoderamiento que suena re lindo y color arcoiris pero es una telita de mierda y apenas corrés el velo te das cuenta que es la misma misoginia de siempre, es injusto con la gran cantidad de hombres buenos que co-cuidan y respetan y son “más feministas que las mujeres”.

Terminás dando gracias por la perspectiva de género. Igual que con Femen, las Marchas de las Putas y cualquier otro movimiento que actúe sin haber comprendido que la liberación de las mujeres es el único objetivo del feminismo que vale la pena -porque todo lo demás tiende a la opresión de las mujeres y habíamos acordado que eso estaba mal-, y que da bien lo mismo si somos oprimidas en burka o arriba de un taco aguja y que autoviolarte , autopegarte, autoenloquecerte, autotorturarte, autopornificarte y autohumillarte no diluyen ni una gota la jerarquía que cargás encima del lomo y adentro del vientre, con lo que la del reapropie y el reempodere terminan siendo un desastre que va para atrás mientras vos pedaleás frenéticamente convencida de que vas para adelante.

Como dice Gail Dines, una marxista inglesa que a veces tiene algún punto de unión con el feminismo radical, el neoliberalismo le limó los colmillos al feminismo, le sacó los dientes, se los desafiló con estas boludeces de “luchas” individuales (un oximoron peor que “inteligencia militar”, de “cambios de mentalidad” de “si pensás positivo y estás empoderada nadie puede hacerte daño ” que además de ser patéticas excusas, son mentira porque el Patriarcado es un sistema y la opresión de las mujeres es estructural, es sistémica, está en la raíz. Y vos vas toda empoderada a decirle a tu marido que como es un borracho timbero y cagador lo vas a dejar y él -que no está empoderado sino que tiene poder- te tira nafta arriba y después se pega un tiro y ahí saltan todas las libfeministas  a hacer coreografias y las feministas profesionales a imprimir folletos en papel coteado y organizar simposios las académicas y todo el mundo convencido de que cada vez hay más feminismo, y vos fuiste a dejarlo en todo tu derecho, fuiste empoderada, re-emputecida reapropiada toda muy crá y ahora tenés un cartel con tu nombre en una marcha de Mujeres de Negro y yo te hice una plaquita con el número de muerta que sos para poner de foto de perfil y varias escribimos unos textitos muy conmovedores y capaz salimos un rato ala calle a gritar que nos están matando como moscas y lloramos y después volvemos a casa, empoderadas pero una menos y ahí nomás leemos que alguno dice que a los gritos no vamos a conseguir nada y que así no es y todas decimos que tiene razón porque esta es una lucha de todos porque el “Patriarcado nos oprime a todxs” (Querer crear conciencia feminista diciendo que el privilegiado sufre. Como decirle al patrón que el capitalismo no le conviene porque el dinero no hace la felicidad) y pedimos más disculpas,y  hacemos más concesiones, y nos horrorizamos de las mujeres que dicen que no, y las odiamos, como corresponde y nos concentramos en cómo hacer nuestra lucha más atractiva para nuestros opresores, a ver si así nos quieren un poco, y en abandonar espacios de mujeres por espacios mixtos y en performar igualdad en un mundo desigual.

Te venden la soga con la que te tapan la boca. Y vos te la ponés contenta, en nombre de la igualdad de género. Si la perspectiva de género implica decir exactamente las mismas cosas que los defensores de los derechos de los varones (masculinistas, MRAs, etc), que “los hombres sufren más porque matan y se matan más” y ese tipo de imbecilidades, quizás sea momento de separar entre “etiqueta linda para grillete viejo” y “feminismo”, que al final, la lucha por la liberación de las mujeres (sin la cual la igualdad que decís que querés no puede existir, salvo que sea igualdad al revés y quieran empezar a ser violados, traficados, asesinados por sus ex es y prostituídos como nosotras) es eso.

Te venden la soga para colgarte de la derecha y de la izquierda. (Todas las izquierdas) (Siempre). (Siempre).  Te venden 8 de marzo de flores y de bombones. Te venden talleres de maquillaje y sorteos de electrodomésticos. Te venden pastillas anticonceptivas y te venden buena conciencia. Te venden a vos.

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Te la venden de los dos lados. (foto original aquí)

Dejá de comprar. Desafiliate. El 8 de marzo es un día de lucha, es un día de conquista. Es un día feminista. De género, las cortinas. De varones, todo lo demás. Hoy no.

Hoy vos, hoy mujeres, hoy menstruación, hoy aborto, hoy Pan y Rosas, hoy Feminismo Radical, hoy separatismo, hoy Valerie, hoy mujeres incendiadas en la fábrica de camisas, hoy Flora, hoy mujeres iniciando la Revolución Rusa y hablando de amor libre y guarderías, hoy Simone, hoy Aleksandra, hoy abolicionismo, hoy niunamenos, hoy cuestionar la heterosexualidad como destino, hoy adiós amor romántico, hoy Andrea, hoy niputasnisantas, hoy todo lo que construimos y todo lo que nos fue robado, hoy lesbianismo político, hoy nuestros sueños, hoy nuestro deseo, hoy todo con A, cuerpa, besas, vida. Hoy las mujeres.

Tienen todos los demás días. Tienen todos los días desde hace 6000 años hasta hoy. Pero hoy no. Porque las sogas de género ahorcan igual. Porque hoy recordamos que seguimos luchando para vivir. Que seguimos hermosamente vivas, que seguimos dolorosamente unidas, que seguimos tercas y rabiosas, amándonos contra todas las reglas, que seguimos luchando por un mundo sin opresiones solas y mal acompañadas pero firmes. Que nos queremos vivas. Que nos queremos libres. Que somos mujeres. Que lo único que podemos ser es feministas o felpudos. Que no somos felpudos. Que las mujeres somos gente.

8 de marzo – Día de Lucha. (En Uruguay).

#MásFeminismoMenosMierda.

vivafeminismo1936

 

 

 

 

 

 

“Aborto” por Andrea Dworkin

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[…]

Norman Mailer declaró durante los años sesenta que el problema de la revolución sexual era que había llegado a manos de las personas equivocadas. Tenía razón. Había llegado a las manos de los hombres.

La idea pop era que coger era bueno, tan bueno que cuanto más hubiera de eso, mejor. La idea pop era que la gente debería coger a quien quisiera: traducido para las chicas, esto quería decir que las chicas deberían querer ser cogidas–la mayor parte del tiempo que fuera humanamente posible. Para las mujeres, lamentablemente, todo el tiempo es humanamente posible con suficientes cambios de compañero. Los hombres sueñan con la frecuencia con relación a sus propios patrones de erección y eyaculación. Las mujeres fueron cogidas mucho más de lo que los hombres cogieron.

La filosofía de la revolución sexual es anterior a los años sesenta. Aparece en ideologías y movimientos de izquierda regularmente -en la mayoría de los países, a lo largo de distintos períodos, manifiesta en varias “tendencias” de izquierda. Los años sesenta en Estados Unidos, repetidos en distintas tonalidades a lo largo de Europa Occidental, tuvieron un carácter particularmente democrático. No hacía falta leer a Wilhelm Reich, aunque hubo quien lo hizo. Una banda de desgraciados que odiaban hacer el amor estaban haciendo la guerra. Una banda de chicos que amaban las flores estaban haciendo el amor y negándose a hacer la guerra. Estos chicos eran maravillosos y bellos. Querían la paz. Hablaban de amor, amor y amor, no amor romántico, sino amor por la humanidad. Crecieron, se dejaron el pelo largo y se pintaron la cara y usaron ropa de colores y se arriesgaron a ser tratados como nenas.Al resistir ir a la guerra, eran cobardes y débiles y unas nenitas. No es raro que las chicas de los años sesenta pensaran que estos chicos eran sus amigos especiales, sus aliados especiales, amantes todos y cada uno de ellos.Las chicas eran idealistas. Odiaban la guerra de Vietnam y sus propias vidas, a diferencia de las de los chicos, no estaban en juego. Odiaban la intolerancia racial y sexual sufrida por las personas negras, en particular por los hombres que eran las figuras en situación de riesgo más visible. Las chicas no eran todas blancas, pero de todos modos el hombre negro era la figura de empatía, la figura que deseaban proteger de pogroms racistas.

La violación era vista como una táctica racial: no como algo real usado en un contexto racista para aislar y destruir hombres negros de maneras específicas y estratégicas, sino como un invento de la mente racista. Las chicas eran idealistas porque, a diferencia de los hombres, muchas de ellas habían sido violadas; su vida estaba en juego. Las chicas eran idealistas especialmente porque creían en la paz y la libertad tanto que hasta pensaron que también habían sido pensadas para ellas. Sabían que sus madres no eran libres–veían las vidas femeninas, pequeñas y restringidas – y no querían ser como sus madres. Aceptaban la definición de libertad sexual de los chicos porque eso, más allá de cualquier otra idea o práctica, las hacía diferentes a sus madres. Mientras que sus madres mantenían el sexo en secreto y en privado, con tanto miedo y vergüenza, las chicas proclamaban al sexo como su derecho, su placer y su libertad.Censuraban la estupidez de sus madres y se aliaban en términos declaradamente sexuales con los chicos de pelo largo que querían paz, libertad y coger por todas partes. Esta era una visión del mundo que sacaba a las chicas de los hogares en los que sus madres eran cautivas aburridas o autómatas y al mismo tiempo convertían a todo el mundo, potencialmente, en el mejor hogar posible. En otras palabras, las chicas no dejaron su hogar para encontrar aventuras sexuales en una jungla sexual: dejaron su hogar para encontrar un hogar más tibio, más grande, más abarcativo.

El radicalismo sexual fue definido según términos clásicamente masculinos: cantidad de compañeros, frecuencia, variedad (por ejemplo, sexo grupal), la voluntad de tener sexo. Todo debía ser esencialmente igual para chicos y chicas: dos, tres o la cantidad de personas en comunidad que fuera. Era esa disminución en la polaridad de género esencialmente lo que mantenía a las chicas en el trance, aun después de que la cogida revelara que los chicos eran hombres después de todo. Había sexo forzado – sucedía a menudo, pero el sueño continuaba vivo. El lesbianismo jamás fue aceptado como “hacer el amor” en sus propios términos sino más bien como una ocasión un poco pervertida para el voyeurismo masculino y la cogida eventual de dos mujeres mojadas; a pesar de eso, el sueño continuaba vivo. Se jugueteaba con la homosexualidad masculina, que era vagamente tolerada, pero despreciada en gran medida, y también temida, porque por más flores que adornaran a los hombres heterosexuales, ellos no podían soportar ser cogidos “como mujeres; pero, a pesar de eso, el sueño continuaba vivo. Y en la base del sueño, para las chicas, había un sueño empatía sexual y social que negaba las estructuras de género, un sueño de igualdad sexual basada en lo que hombres y mujeres tenían en común, eso que los adultos trataban de matar en ti a medida que te hacían crecer. Era un deseo de una comunidad sexual más como la infancia – antes de que las niñas fueran aplastadas y segregadas. Era un sueño de trascendencia sexual: trascender el mundo masculino-femenino absolutamente dicotomizado de los adultos que hacían la guerra y no el amor. Era – para las chicas – un sueño de ser menos femeninas en un mundo menos masculino; una erotización de la igualdad entre herman@s, no la dominación masculina tradicional.

Desearlo no hizo que sucediera. Actuar como si sucediera, no hizo que sucediera. Proponerlo de comunidad en comunidad, a hombre tras hombre, no hizo que sucediera. Hornear pan y manifestarse contra la guerra no hizo que sucediera. Las chicas de los sesentas vivieron en lo que los Marxistas llaman, aunque en este caso, no lo consideren así, una contradicción. Precisamente al tratar de erosionar los límites del género a través de un aparentemente único estándar de práctica de liberación sexual, participaron más y más en el acto más cosificador del género: coger. Los hombres se volvieron más masculinos, el mundo de la contracultura se volvió más agresivamente dominado por hombres- Las chicas se volvieron mujeres – se encontraron poseídas por un hombre o un hombre y sus amigos (en el lenguaje de la contracultura, sus hermanos – de él y de ella también), intercambiadas, violadas en grupo, coleccionadas, colectivizadas, cosificadas, convertidas en la cosa más hot de la pornografía y socialmente re-segregadas en roles tradicionalmente femeninos. Hablando empíricamente, la liberación sexual fue practicada por mujeres en una amplia escala en los años sesenta y no funcionó: es decir, no liberó a las mujeres. Su propósito – así resultó – fue liberar a los hombres para usar a las mujeres sin restricciones burguesas, y en eso sí fue exitosa. Una consecuencia para las mujeres fue una intensificación de la experiencia de ser sexualmente femenina – el exacto opuesto de lo que aquellas chicas idealistas habían imaginado para sí. Al experimentar una amplia variedad de hombres en una amplia variedad de circunstancias, las mujeres que no eran prostitutas descubrieron la naturaleza impersonal- y determinada por la clase- de su función sexual. Descubrieron la total irrelevancia de sus propias sensibilidades sexuales en términos individuales, estéticos, éticos o políticos (sensibilidades que fueran caracterizadas por hombres como femeninas, o burguesas, o puritanas) mientras los hombres la practicaban. El estándar sexual era la cogida de hombre a mujer y la mujer servía a ese estándar, pero ese estándar no servía a la mujer.

En el movimiento de liberación sexual de los sesentas, en su ideología y práctica, ni la fuerza ni el estatus subordinado de la mujer era un tema a considerar. Se dio por descontado que -libre de represiones – todo el mundo quería coito todo el tiempo (los hombres, por supuesto, tenían otras cosas importantes que hacer, las mujeres no tenían razón legítima alguna para no querer ser cogidas) y se dio por sentado que en las mujeres, la aversión al coito, o no llegar al clímax en el coito, o no querer el coito en un momento dado o con un hombre en particular, o querer menos compañeros de los que había disponibles, o cansarse, o estar enojadas, eran signos y evidencias de represión sexual. Coger per se era libertad per se.

Cuando aparecía la violación – obvia, clara y brutal violación – era ignorada, a menudo por razones políticas si el violador era negro y la mujer blanca. Curiosamente, en una violación construida racialmente, era probable que se la considerara violación, aunque en definitiva fuera ignorada. Cuando un hombre blanco violaba a una mujer blanca, no había vocabulario para describirla. Era un suceso que tenía lugar por fuera del discurso político de la generación en cuestión y por lo tanto, no existía. Cuando una mujer negra era violada por un hombre blanco, el grado de reconocimiento dependía del estado de las alianzas entre hombres blancos y negros en el terreno social del que se tratara: según, en algún momento dado,estuvieran compartiendo mujeres o teniendo luchas territoriales por ellas. Una mujer negra violada por un hombre negro tenía la carga agregada y especial de no arriesgar perjudicar a su propia raza, particularmente en peligro por acusaciones de violación, por llamar la atención a cualquiera de estas brutalidades cometidas en su contra. Las golpizas y el coito forzado eran habituales en la contracultura. Aun más común era la coerción social y económica sobre las mujeres para tener sexo con hombres. Y aun así, no se reconocía la existencia de antagonismo alguno entre la fuerza sexual y la libertad sexual: una no excluía a la otra. Estaba implícita la convicción de que la fuerza no sería necesaria si las mujeres no fueran reprimidas; las mujeres querrían coger y no necesitarían ser forzadas a coger; de tal modo que era la represión y no la fuerza, lo que obstaculizaba la libertad.

La ideología de la liberación sexual, ya sea la pop o la más tradicional intelectual de izquierda, no criticaba, analizaba ni repudiaba el sexo forzado, ni exigía el cese de la subordinación social y sexual de las mujeres por parte de los hombres; ninguna de estas realidades se reconocían. Por el contrario, postulaba que la libertad para las mujeres consistía en ser más cogida, más seguido, por más hombres, una especie de movilidad lateral en la misma esfera inferior. Ninguna persona fue hecha responsable por actos sexuales forzados, violaciones, golpizas a mujeres, salvo que se culpara a las mujeres mismas – en general por no haber conformado en primer lugar. Estas eran, principalmente, mujeres que querían conformar – que querían la tierra prometida de la libertad sexual – y que aun así tenían límites, preferencias, gustos, deseos de intimidad con algunos hombres y no con otros, humores no necesariamente relacionados con la menstruación o las fases lunares, días en los que preferirían leer o trabajar, y eran castigadas por todas estas represiones puritanas, estas recaídas pequeño burguesas, estos diminutos ejercicios de voluntades aun más diminutas, que no estaban de acuerdo con las voluntades de sus hermanos-amantes: la fuerza era usada frecuentemente contra ellas, o eran amenazadas, o humilladas, o expulsadas. En el uso de la coerción para conseguir la conformidad sexual no se veía implícita ninguna disminución del flower power, la paz, la libertad, la corrección política o la justicia.

En el jardín de delicias terrenales conocido como la contracultura de los años sesenta, el embarazo irrumpía, casi siempre de manera agresiva, y aun en ese entonces era uno de los obstáculos reales para coger mujeres a demanda masculina. Volvía a las mujeres ambivalentes, reticentes, preocupadas, molestas, inclusive las impulsaba a decir “no”. A lo largo de los sesentas, la píldora anticonceptiva no era fácil de conseguir y ninguna otra cosa era segura. Las mujeres solteras tenían aun más problemas para acceder a métodos anticonceptivos, incluyendo el diafragma y el aborto era ilegal y peligroso. El miedo al embarazo daba una razón para decir que no: no solo una excusa sino una razón concreta difícil de disuadir o seducir para que desaparezca, aun con el argumento más astuto o deslumbrante por en nombre de la libertad sexual. Especialmente difíciles de influenciar eran aquellas mujeres que ya había tenido abortos ilegales.

Pensaran lo que pensaran sobre coger, lo experimentaran como lo experimentaran, les gustara lo que les gustara, lo toleraran lo que lo toleraran, sabían que para ellas tenía consecuencias de dolor y sangre y sabían que no tenía costo alguno para los hombres, salvo a veces, dinero. El embarazo era una realidad material y no se podía argumentar hasta hacerla desaparecer.

Una táctica usada para contrarrestar la inmensa ansiedad causada por la posibilidad de un embarazo era la alta estima en la que se tenía a las mujeres “naturales” – las mujeres que eran “naturales” en todo sentido, las que querían cogidas orgánicas (sin anticoncepción, no importa cuantos embarazos resultaran) y verduras orgánicas también. Otra táctica era hacer hincapié en la crianza comunal de los niños, prometerla. Las mujeres no eran castigadas de las formas convencionales por tener a los niños – no se las etiquetaba como “malas” ni se las esquivaba, pero eran frecuentemente abandonadas. Una mujer y su hij@ – pobre y casi una relativamente descastada- vagando por ahí dentro de la contracultura alteraba la calidad del hedonismo en las comunidades que invadía: el par madre-hijo encarnaba otra cepa de la realidad, una que no era muy bienvenida en general. Había mujeres solas luchando para criar hijos “libremente” y se interponían en el camino de los hombres que veían la libertad como la cogida – y la cogida se terminó para los hombres cuando se terminó. Esta mujeres con hijos hacían que las otras mujeres estuvieran un poco más sombrías, un poco más preocupadas, un poco más cuidadosas. El embarazo, el hecho del embarazo, era antiafrodisíaco. El embarazo, la carga del embarazo, hacía más difícil que los chicos de las flores se cogieran a las chicas de las flores, que no querían desgarrarse las entrañas ni pagarle a alguien para que lo hiciera, ni tampoco querían morir.

Fue el freno que el embarazo puso a la cogida que hizo del aborto un asunto político de alta prioridad para los hombres en los años 60 – no solo para los hombres jóvenes, sino también para los izquierdistas más viejos que ligaban algo de sexo de la contracultura y aun para hombres más tradicionales que cada tanto mojaban los pies en la piscina de las chicas hippies. La despenalización del aborto – porque ese era el objetivo político, era visto como el estímulo final: haría que las mujeres fueran absolutamente accesibles, absolutamente “libres”. La revolución sexual, para poder funcionar, requería que el aborto estuviera disponible a demanda para las mujeres. De otro modo, la cogida no estaría disponible a demanda para los hombres. Estaba en juego el ligar. No solo ligar, sino ligar de la manera en que grandes cantidades de chicos y hombres querían ligar – montones de chicas que lo deseaban todo el tiempo, fuera del matrimonio, gratis. La izquierda dominada por hombres agitaba y luchaba y argumentaba y hasta organizaba y apoyaba económica y políticamente los derechos abortivos de las mujeres. La izquierda militaba por el tema. Y luego, al final de los años sesenta, las mujeres que habían sido radicales en términos contraculturales, las mujeres que habían sido activas política y sexualmente, se volvieron radicales en nuevos términos: se hicieron feministas. No eran las amas de casa de Betty Friedan. Habían luchado en las calles contra la guerra de Viet Nam, algunas tenían edad como para haber peleado en el Sur por derechos civiles para los negros, y todo se había vuelto adulto sobre el lomo de esa lucha, y dios sabe que habían sido cogidas. Como escribió Marge Piercy en 1969 en una denuncia sobre sexo y política en la contracultura

Dar existencia a personal a través de la cogida es solamente la forma extrema de lo que sucede como práctica común en muchos lugares. Un hombre puede traer una mujer a una organización por dormir con ella y retirarla al dejar de hacerlo. un hombre puede purgar a una mujer por la única razón de que se cansó de ella, la embarazó o está atrás de alguien más: y esa purga se acepta sin levantar ninguna ola. Hay casos de mujeres excluidas de un grupo por la única razón de que uno de sus líderes fue impotente al estar con ella. Si un “líder” entra a un grupo lleno de “líderes” acompañado por una mujer y no la presenta, es extremadamente poco probable que nadie le pregunte el nombre o reconozca su presencia. La etiqueta que domina es la de “amo-sirviente” 5

O, como escribió Robin Morgan en 1970: “Hemos conocido al enemigo y es nuestro amigo. Y es peligroso”  6  Reconociendo el sexo forzado presente de modo tan feroz en la contracultura en el lenguaje de la contracultura, Morgan escribió: “Duele entender que en Woodstock o Altamont una mujer pueda ser declarada una estrecha o mala onda si no quiere ser violada”. 7 Estos fueron los comienzos: reconocer que los hermanos-amantes eran explotadores sexuales tan cínicos como cualquier otro explotador – ordenaban y menospreciaban y descartaban a las mujeres, las usaban para obtener y consolidar poder, las usaban por sexo y para trabajos de poca categoría, las usaban. Reconocer que la violación era un tema de absoluta indiferencia para estos hermanos-amantes que lo tomaban en cualquier forma en que pudieran conseguirlo, y reconocer que todo el trabajo por la justicia había sido hecho sobre las espaldas de mujeres explotadas sexualmente dentro del movimiento. “Pero seguramente”, escribe Morgan en 1968, “hasta un hombre reaccionario sobre este asunto puede darse cuenta que es realmente impactante oir a un joven “revolucionario” – supuestamente dedicado a construir un nuevo, libre, orden social para remplazar este, tan enviciado bajo el que vivimos –  se dé vuelta y sin pensarlo un segundo, le ordene a “su chica” que se calle y haga la cena o lave sus medias, porque ahora está hablando EL. nos hemos acostumbrado a esas actitudes por parte del patán norteamericano promedio, ¿pero de este valiente radical?8

Fue el crudo y terrible descubrimiento de que el sexo no era hermano-hermana sino amo-sierva; que este nuevo valiente radical no quería solamente ser amo en su hogar sino pasha en su harén – lo que fue explosivo. Las mujeres se encendieron al descubrir que habían sido sexualmente usadas. Yendo más allá de la agenda masculina sobre liberación sexual, estas mujeres discutieron sobre sexo y política entre ellas – algo que no se había hecho ni aun cuando compartían la misma cama con el mismo hombre – y descubrieron que sus experiencias habían sido asombrosamente parecidas, incluyendo desde sexo forzado a humillación sexual a abandono a manipulación cínica, habiendo sido tratado como inferiores y como pedazos de culo. y los hombres se habían atrincherado en el sexo como poder: querían a las mujeres para la cogida, no para la revolución: estas dos resultaron ser diferentes después de todo. Los hombres se negaron a cambiar, pero, lo que es mucho más importante, odiaron a las mujeres por negarse a servirlos bajo los términos anteriores – ahí estaba, para quien quisiera verlo, exactamente como lo que era. Las mujeres dejaron a los hombres – en manadas. Las mujeres formaron un movimiento autónomo de mujeres, un movimiento feminista militante, para luchar contra la crueldad sexual que habían experimentado y para luchar por la justicia sexual que se les había negado. desde su propia experiencia – especialmente al ser forzadas e intercambiadas – las mujeres encontraron la primer premisa para su movimiento político: que la libertad para las mujeres descansaba en, y no podía existir sin, su absoluto control sobre su propio cuerpo en el sexo y la reproducción.

Esto incluía, no solamente el derecho a interrumpir un embarazo, sino también el derecho a no tener sex, a decir que no, a no ser cogida. Para las mujeres, esto llevó a varios grados de descubrimiento sexual sobre la naturaleza y la política de su propio deseo sexual, pero para los hombres fue un callejón sin salida – la mayoría jamás reconoció al feminismo salvo en términos de su propia depravación sexual; las feministas les estaban quitando la cogida fácil. Hicieron todo lo que pudieron para quebrar la espalda del movimiento feminista – y de hecho no se han detenido aun. De particular importancia es el cambio de idea y de políticas sobre aborto. El derecho al aborto definido como una parte intrínseca de la revolución sexual era esencial para ellos: ¿quién podría soportar el horror y la crueldad y la estupidez del aborto ilegal? El derecho a abortar definido como una parte intrínseca del derecho de una mujer a controlar su propio cuerpo, también en el sexo, era un tema de suprema indiferencia.

Los recursos materiales se agotaron. Las feministas dieron la batalla por la despenalización del aborto – en las calles y en los juzgados con apoyo masculino severamente disminuido. En 1973 la Suprema Corte dio a las mujeres el aborto legalizado: el aborto regulado por el Estado.

Si antes de la decisión de la Suprema Corte en 1973 los hombres de izquierda mostraban una indiferencia feroz a los derechos al aborto en términos feministas, luego de 1973 la indiferencia se transformó en hostilidad abierta, las feministas tenían el derecho al aborto y seguían diciendo que no- no al sexo en términos masculino y no a la política dominada por esos mismos hombres. El aborto legalizado no puso a estas mujeres más disponibles para el sexo; por el contrario, el movimiento de mujeres crecía en tamaño e importancia y el privilegio sexual masculino estaba siendo desafiado con mayor intensidad, mayor compromiso, mayor ambición.

El hombre de izquierda se alejó del activismo político: sin la cogida fácil, no estaban preparados para involucrarse en política radical. En terapia descubrieron que habían tenido personalidad en el vientre materno, que habían sufrido traumas en el vientre materno. La psicología fetal – seguir la vida de un hombre hasta su origen en el vientre, donde, como feto, tenía un ser y una sicología propios – fue desarrollada desde la izquierda terapéutica (el residuo resultante de la izquierda masculina y contracultural) antes que desde el púlpito de cualquier religioso de derecha o legislador surgiera la idea de tomar partido políticamente sobre el derecho de ovarios fertilizados como personas  a la protección de la Catorceava Enmienda, que es en definitiva el objetivo de los activistas anti-aborto.*

El argumento de que el aborto era una forma de genocidio dirigida particularmente hacia los negros ganó terreno político, aunque las feministas desde siempre basaron parte del argumento feminista sobre el tema en hechos reales y cifras – las mujeres negras e hispánicas morían y eran dañadas de manera desproporcionada en los abortos ilegales.

Ya en 1970, estas cifras estaban disponibles en Sisterhood Is Powerful: ” Las mujeres puertorriqueñas mueren 4.7 veces más que las mujeres blancas por consecuencias de abortos ilegales, mientras que las mujeres negras mueren 8 veces más que las blancas… En la ciudad de Nueva York, 80% de las mujeres que mueren por abortos son negras y mestizas” 9

Y en la izquierda no violenta, el aborto era cada vez más considerado como asesinato – asesinato en los términos más grandilocuentes. “El aborto es la cara doméstica de la carrera armamentista nuclear” 10 escribe un hombre pacifista en un texto de 1980, para nada extraño en la escala y tono de la acusación. Sin la cogida fácil, las cosas seguro habían cambiado del lado izquierdo.

El Partido Demócrata. hogar establecido de muchos grupos de Izquierda, especialmente luego del fermento de los 60s, había entregado los derechos al aborto ya en 1972, cuando George McGovern compitió contra Richard  Nixon y se negó a tomar posición a favor del aborto para poder pelear contra la guerra de VietNam y por la presidencia sin distracciones. Cuando la enmienda Hyde, recortando la financiación de Medicaid para abortos, fue aprobada en 1976, tenía el apoyo de Jesse Jackson: mandó telegramas a todos los miembros del Congreso apoyando el recorte. Los recursos presentados demoraron la implementación de la enmienda, pero Jimmy Carter, elegido con la ayuda de grupos feministas y de izquierda en el Partido Demócrata, tenía a su hombre, Joseph A. Califano, Jr, responsable del entonces Departamento de Salud, Educación y Bienestar, para detener la financiación federal del aborto mediante una orden administrativa. Para 1977 la primera muerte documentada de una mujer pobre (hispánica) por un aborto ilegal aparecía: el aborto ilegal y muerte eran nuevamente realidades para las mujeres en los Estados Unidos. Delante de las llamadas enmienda de la vida humana y estatuto de la vida humana – una enmienda constitucional y un proyecto de ley definiendo un ovario fertilizado como ser humano –  la izquierda masculina simplemente se hizo la muertita.

La Izquierda masculina abandonó los derechos al aborto por razones genuinamente horribles: los chicos no conseguían ponerla, había amargura e ira contra las feministas por liquidar un movimiento (al retirarse de él) que implicaba tanto poder como sexo para los hombres; además de la conocida y monstruosa indiferencia del explotador sexual – si no se la puede voltear, ella no es real.

La esperanza de la Izquierda masculina es que la pérdida de los derechos al aborto lleve a las mujeres nuevamente a las filas – hasta el miedo a perder estos derechos puede lograr eso, y la Izquierda masculina ha hecho lo que ha podido para asegurar la pérdida. La Izquierda ha creado un vacío que la Derecha ha intentado llenar con su expansión – esto lo hizo la izquierda abandonando una causa justa, con su década de quietismo, con su década de mohínes. Pero la izquierda no ha sido solamente una ausencia,ha sido una presencia, enfurecida con el hecho de que las mujeres controlen sus cuerpos, enfurecida con el hecho de que las mujeres se organicen contra la explotación sexual, que por definición, significa que las mujeres se organicen también contra los valores sexuales de la Izquierda. Cuando las feministas han perdido el aborto legal completamente, los hombres de izquierda las esperan de regreso – rogando por ayuda, adecuadamente escarmentadas, prontas para hacer un trato, prontas para abrir las piernas nuevamente. En la izquierda, las mujeres tendrán aborto en términos masculinos, como parte de la liberación sexual, o no tendrán abortos, salvo arriesgando morir.

Y los chicos de los años sesenta crecieron también. De hecho envejecieron. Ahora son hombres en la vida, no solo en la cogida. Quieren bebés. El embarazo obligatorio es medio que la única manera en que puede asegurarse de conseguirlos.

Del libro “MUJERES DE DERECHA”

Copyright © 1983 por Andrea Dworkin.

Todos los derechos reservados.

Por qué fui a la Marcha de las Putas

Porque a los 12 años un tipo me dijo que me quería y me puso la pija en la boca. Y yo pensé que me estaba “cuidando” porque no me había cogido.

Porque en el secundario me decían que era una puta. Era virgen. Solo leía más libros que las demás, hablaba de más cosas que las demás, usaba otra ropa que las demás.

Porque tuve un novio que me decía “vení, putita”. Y yo iba.

Porque crecí pensando que era demasiado flaca, demasiado fea, demasiado loca, demasiado puta, y ahora que soy demasiado gorda, y sigo demasiado loca y demasiado puta veo fotos de ese entonces y me doy cuenta que era preciosa.

Porque mi primera vez duró 6 segundos y fue solo un dolor inmenso y sábanas manchadas que tuve que lavar porque era la casa de él y su madre no podía ver eso. Por haberlo hecho, me gané más nombretes de “puta” entre mis “amigas”.

Porque más de una vez un tipo me cargoseó y cargoseó hasta que accedí a dormir con él. Y no quería. Pero a veces tenía miedo a que se enojaran, a veces tenía miedo a que no me quisieran, a veces pensaba que era lo menos que podía hacer yo si les había “dado pie” para que se me tiraran arriba. Porque quién me manda ser tan puta.

Porque cuando quedé embarazada a los 17 no estaba segura de quién era el padre.

Porque cuando me di cuenta quien era, no le dije nada porque era alguien más grande que yo, más importante que yo en el lugar donde estaba y yo iba a quedar como una estúpida que cometió ESE error. Porque cuando se enteró que estaba embarazada, se hizo el bobo.

Porque cuando aborté, se supo que efectivamente era una puta. Las decentes no se embarazan y si se embarazan, los tienen.

Porque un ex me dijo que era una asesina. Y tenía razón. Pero al mismo tiempo no la tenía. Y porque lo último que pensé antes de dormirme por la anestesia fue “acá me voy a morir porque esto es una casa y esta vieja no sabe nada. Y bueno, me la banco, al fin y al cabo, me lo busqué por puta”. Y pudo haber sido mi último pensamiento en la vida.

Porque tuve amigas que quise tanto que me acosté con ellas. Porque a veces las extraño.

Porque estuve años con un tipo que organizaba orgías creyendo que por participar era más libre que las que me decían puta. Aunque muchas veces me sentía mal.

Porque en un trabajo un tipo me hizo llevarle un café y cerrar la puerta. Y cuando dije que no, me echó. Y mis amigos me dijeron que era natural que él se hubiera confundido porque yo era muy “confianzuda” y usaba pollera muy corta.

Porque cuando no me decidía si quería estar con mujeres o con hombres, pensaba que era solo “cosas de puta” para llamar la atención. Y porque los hombres pensaban que les contaba eso para regalarles a ellos una “fiestita”.

Porque de niña, un familiar me manoseó, y yo pensé que seguramente yo me lo había inventado de puro mal pensada que era, de puro puta.

Porque a veces me gusta tanto coger que no quiero parar en todo el día. Y me parece que eso es “de puta”.

Porque me daba culpa que con ellos no podía alcanzar el orgasmo y conmigo sí.

Porque no sabía que a ellos no les importaba si llegaba o no, salvo por su ego de macho.

Porque cuando salía de mi casa, me decían que así me iban a violar, por andar tan provocativa.

Porque me acostumbré tanto a que me gritaran groserías por la calle, que cuando me las dejaron de gritar pensé que era fea y vieja.

Porque cuando perdí un embarazo pensé que era un castigo por puta, por haber abortado de chica.

Porque me gusta pensar y opinar y más de un hombre que me ha querido coger me ha dicho que eso era algo masculino, “una cosa medio lésbica, tanguera”, dijo. Y sonaba como un defecto.

Porque en todos mis años nunca jamás conocí a nadie “decente” cuando lo mirás de cerca.

Porque digo palabrotas y digo cosas personales en medio de temas “serios”. Como acá. Y la gente se escandaliza.

Porque a veces me gusta mucho mucho coger, y a veces no me gusta nada. Y eso no debería tener nada de malo.

Porque no tengo nada de raro. Porque esto le pasa a todo el mundo. Porque una de cinco mujeres sufre algún tipo de abuso sexual antes de los 30. Eso es mucha gente.

Porque tengo hijos. Y merecen no crecer como abusadores ni abusadas.