La soga es de género (8 de marzo)

Podría ser cualquiera porque en realidad son millones. Es un ejemplo cualquiera. De todos los ejemplos que todos los días rompen los ojos. Esta vez otra vez URUFARMA. Ahora usando la fecha en que se conmemora la lucha de cientos de mujeres que dieron su vida por la libertad y la justicia para vender unas pastillas más y volver a poner el foco en cualquier otra cosa menos en las mujeres; para que no olvidemos por qué es que hay un Día Internacional de la Mujer nos muestran que hasta en el día de la mujer hablan de varones. Como el año pasado.

Y otra vez desde la comodidad, y el lujo de ingenuidad que la comodidad regala, los aplausos y los pañuelos. Entendiendo todo mal. Feministas que festejan que las mujeres desaparecen del Día Internacional de la Mujer. ¿De qué te emocionás? Te venden la soga. No es una manera de decir. Te venden la soga con que los vas a colgar. Nada importa más, nada vale más, todo lo demás no importa y no es.

URUFARMA no representa la lucha de las mujeres por su liberación. No representa la convivencia justa, libre, entre varones y mujeres. Representa exactamente lo mismo que cualquier otra empresa de la industria farmacéutica que comercializa productos destinados a las mujeres. Venden anticonceptivos. Suponer que una empresa que vende anticonceptivos tiene algún aprecio por las mujeres es no saber lo que es una empresa ni lo que son y fueron los anticonceptivos. Y no tienen por qué ponerse a hilar tan fino que estamos hablando de algo muy básico, pero para la que quiera engancharse, podríamos pensar en la comercialización de anticonceptivos, a qué edades se empiezan a dar, cómo se le dice a las niñas que es bueno para su cutis, para su humor, para su regularidad, podríamos pensar qué hace eso con nuestros ciclos, con nuestras individualidades -todas tenemos que ser iguales de lindas todas con un humor aceptable igual todas relojitos, qué efectos tienen en nuestra salud, en nuestra fertilidad. Se podría pensar más cosas por el hecho de que justo se trate de un rubro tan pero tan ligado al control de la salud de las mujeres y a la sexualidad de las mujeres. Pero no hace falta. Alcanza con imaginar que una empresa del rubro frigorífico hace un spot donde los humanos cuidan y aman a los lechones en su día y que asombrosamente, varios lechones dicen ay gracias qué lindo me emocioné.

Te venden la soga con que los vas a colgar. Y te venden la soga con la que te cuelgan a vos.

Son el capitalismo y son el patriarcado y le pagan a tres hipsters para hacer un spot que haga lagrimear de emoción a gente que se niega a ver la realidad -bastante más sucia, sudada, entreverada y rica-y prefiere simular una paz de cartón.

No es prolijita. No es limpita. No fue a facultad, no se portó mal de las formas en las que está bien portarse mal, no va a  Valizas, no le fue bien en todo, no tiene iPhone, no está cómoda, no es UnTecho, no es Splenda. Yo no digo que sea fea, o que sea solo fea. Pero no es este cuento infantil mal libretado que nos taladra con lugares comunes, correcciones políticas y declaraciones huecas con filtro de Instagram y sonrisas campaña electoral. Es rara, es enorme. Es dolorosísima y peligrosa, y tiene vueltas y planes B por todas partes. Es triste y muy injusta y tiene segundos de belleza pura y brillante tirados por ahí.

La realidad es que vivimos en un sistema que desde hace seis mil años subsiste sobre el lomo y las lágrimas y lamento que no es lindo hashtag pero también mucha sangre de mujeres fregando, pariendo, sangrando, llorando, sembrando, soportando y tejiendo mucho más que pisos y trapos y plantitas y semillitas que plantan los nenes adentro cuando nos quieren mucho y así se hacen los bebés.

Es invisible. Es invisible a voluntad. Es invisible subliminal. Parece que no existe, que es un cuento de dinosaurios. Ahora no pasan esas cosas. Ahora las mujeres hacen lo que quieren. Ahora los varones lavan los platos y toman tragos con sombrillita. Pero el año pasado, en este país donde vivimos 4GatosLocos, hubo c u a r e n t a varones que antes o después de hacer yoga vegano de buena conciencia y nueva masculinidad corresponsable   de los progresismos alegres del cambio cultural, asesinaron a una mujer que les dijo que no o que ya no.

Pero además de esos 40 que vos dirás son pocos,  centenas de niñas a 10 minutos del MacDonalds de 18 y Ejido son, fueron pero son porque pasa todos los días, porque es la realidad sin instagram, violadas y vendidas por padres, padrastros y madres desesperadas en menos de lo que cuesta el Starbucks que te encantaría tomar. Pero además de esos cientos, hay niñas y adolescentes que en un frenazo de una camioneta, o en una entrevista de trabajo que resultó ser algo más, son vertidas en las tuberías inmundas de las redes de trata que alimentan la violencia y depredación de las mujeres conocida como industria sexual que, como el sistema voraz que la formenta y sostiene, no tiene países ni religión ni ideología más que el lucro y el sometimiento de las mujeres como instrumento y objeto de placer, desahogo y depósito de violencias y frustraciones acumuladas.

Pero además de estas demasiadas historias de horror y muerte, el sistema patriarcal y heterocapitalista en que malvivimos, nos lastima de maneras más pequeñas y naturalizadas. Nadie se horroriza pero sabe que un altísimo porcentaje de adolescentes de nuestro país y probablemente de casi todos los demás, considera “normal” que los chicos le revisen el celular a sus novias, y que ocasionalmente o si ella le da motivos, un empujón o un grito está “justificado”.

Nos dicen ya no es necesario luchar porque los tiempos cambiaron pero las mujeres uruguayas todavía no podemos decidir ni en nuestra propia cama. Las chicas jóvenes sufren la invasión presentada como halago cada vez que salen a la calle y conviven con la tortura de los paradigmas heteropatriarcales de belleza que nos tienen traumadas y autohambreadas para poder ser cogibles pero que no tenemos que hacerlo por eso sino por “nosotras mismas”, para querernos. Porque a nosotras también nos enseñan a querernos mal, por los motivos más aburridos e imbéciles. Se nos enseña que los que se pelean se aman, que si te cela te quiere, que tenés que sonreír más, que si no sos loca y malcogida y que hay que ser una señora en su casa y una puta en la cama y hay que ser madre, sacrificada y orgullosa y también buena esposa, tolerante y compañera y también camionazo emputecido porque si no te humillan por puta te humillan por frígida y vos quedás dando vueltitas para ver cómo cumplir tanto mandato y no te da tiempo a pensar que lo mejor que podés hacer es desafiliarte. Tan adentro estás que no ves la realidad y te parece que elegís.

Es invisible y te perfora los ojos si llegás a ver un pedacito. Por cualquier rendijita que te hagan a vos o a alguien que conozcas, se te cuela realidad. Es un segundo. Es una piña, un empujón, un “callate tarada”, un trabajo que perdés porque no querés quedarte fuera de hora con tu jefe, un tío que te toquetea a la vuelta de la playa, una amiga que te llama con la voz quebrada para pedirte si se puede quedar en tu casa, una feminista que dice lo mismo que vos sentís aunque vivió en otro continente hace unas décadas. Pero tenés que mirar.

Tenés que mirar aunque no querés. Porque si no mirás bien,  te encandilás. Te confundís. Te mareás con actos oficiales y campañas de sensibilización livianas y políticas públicas. Te pensás que el problema no existe o que el problema sos vos. Te venden la soga. Te la forran de raso, de seda negra, de 50 sombras, de empoderamiento, de taco aguja. Te venden la soga y te ahorcan con la soga.

Y vos te emocionás. Porque la equidad de género. El lenguaje inclusivo. Y tan emocionada estás que ni te das cuenta que hasta por esta porquería se quejan. Que la misoginia de los varones y la misoginia internalizada de las mujeres es tal que hasta por reclamar las limosnas de acciones afirmativas y que tengan la decencia de nombrarte cuando te hablan te van a acusar de autoritaria, de peligrosa, de fascista. Te van a odiar igual que si sos separatista y ofrecés castraciones gratuitas para machos. Porque ya te odian. Los malos te odian y los buenos también. Son sensibles, concientizados, con perspectiva de género. Conmemoran el 8 de marzo. Pero solo muestran hombres. “Culpan a los hombres de los prejuicios machistas”. “Y al fin y al cabo quién los crío así”.

Y vos podrías explicar que responsabilizar a las mujeres de criar machistas es igual que responsabilizar a un obrero de contribuir con la riqueza del patrón. Podrás explicar que si ven lucha de clases y no le exigen a un trabajador reunirse en su sindicato con el jefe no deberían obligarte a compartir todos los espacios y toda tu vida con varones. Podrías explicar de todo. Pero terminás pidiendo perdón porque el spot que hace una empresa farmacéutica que lucra con la hiperheterosexualización de las mujeres, que se enriquece con tu cuerpo y que en el día en que vos recordás que las mujeres no somos cosas ni clientes ni esclavas y que podemos levantarnos y luchar y que alguna vez alguno nos va a querer encerrar y prender fuego, pero que la alternativa es rompernos las rodillas postrándonos al paraíso hetero-romántico del empoderamiento que suena re lindo y color arcoiris pero es una telita de mierda y apenas corrés el velo te das cuenta que es la misma misoginia de siempre, es injusto con la gran cantidad de hombres buenos que co-cuidan y respetan y son “más feministas que las mujeres”.

Terminás dando gracias por la perspectiva de género. Igual que con Femen, las Marchas de las Putas y cualquier otro movimiento que actúe sin haber comprendido que la liberación de las mujeres es el único objetivo del feminismo que vale la pena -porque todo lo demás tiende a la opresión de las mujeres y habíamos acordado que eso estaba mal-, y que da bien lo mismo si somos oprimidas en burka o arriba de un taco aguja y que autoviolarte , autopegarte, autoenloquecerte, autotorturarte, autopornificarte y autohumillarte no diluyen ni una gota la jerarquía que cargás encima del lomo y adentro del vientre, con lo que la del reapropie y el reempodere terminan siendo un desastre que va para atrás mientras vos pedaleás frenéticamente convencida de que vas para adelante.

Como dice Gail Dines, una marxista inglesa que a veces tiene algún punto de unión con el feminismo radical, el neoliberalismo le limó los colmillos al feminismo, le sacó los dientes, se los desafiló con estas boludeces de “luchas” individuales (un oximoron peor que “inteligencia militar”, de “cambios de mentalidad” de “si pensás positivo y estás empoderada nadie puede hacerte daño ” que además de ser patéticas excusas, son mentira porque el Patriarcado es un sistema y la opresión de las mujeres es estructural, es sistémica, está en la raíz. Y vos vas toda empoderada a decirle a tu marido que como es un borracho timbero y cagador lo vas a dejar y él -que no está empoderado sino que tiene poder- te tira nafta arriba y después se pega un tiro y ahí saltan todas las libfeministas  a hacer coreografias y las feministas profesionales a imprimir folletos en papel coteado y organizar simposios las académicas y todo el mundo convencido de que cada vez hay más feminismo, y vos fuiste a dejarlo en todo tu derecho, fuiste empoderada, re-emputecida reapropiada toda muy crá y ahora tenés un cartel con tu nombre en una marcha de Mujeres de Negro y yo te hice una plaquita con el número de muerta que sos para poner de foto de perfil y varias escribimos unos textitos muy conmovedores y capaz salimos un rato ala calle a gritar que nos están matando como moscas y lloramos y después volvemos a casa, empoderadas pero una menos y ahí nomás leemos que alguno dice que a los gritos no vamos a conseguir nada y que así no es y todas decimos que tiene razón porque esta es una lucha de todos porque el “Patriarcado nos oprime a todxs” (Querer crear conciencia feminista diciendo que el privilegiado sufre. Como decirle al patrón que el capitalismo no le conviene porque el dinero no hace la felicidad) y pedimos más disculpas,y  hacemos más concesiones, y nos horrorizamos de las mujeres que dicen que no, y las odiamos, como corresponde y nos concentramos en cómo hacer nuestra lucha más atractiva para nuestros opresores, a ver si así nos quieren un poco, y en abandonar espacios de mujeres por espacios mixtos y en performar igualdad en un mundo desigual.

Te venden la soga con la que te tapan la boca. Y vos te la ponés contenta, en nombre de la igualdad de género. Si la perspectiva de género implica decir exactamente las mismas cosas que los defensores de los derechos de los varones (masculinistas, MRAs, etc), que “los hombres sufren más porque matan y se matan más” y ese tipo de imbecilidades, quizás sea momento de separar entre “etiqueta linda para grillete viejo” y “feminismo”, que al final, la lucha por la liberación de las mujeres (sin la cual la igualdad que decís que querés no puede existir, salvo que sea igualdad al revés y quieran empezar a ser violados, traficados, asesinados por sus ex es y prostituídos como nosotras) es eso.

Te venden la soga para colgarte de la derecha y de la izquierda. (Todas las izquierdas) (Siempre). (Siempre).  Te venden 8 de marzo de flores y de bombones. Te venden talleres de maquillaje y sorteos de electrodomésticos. Te venden pastillas anticonceptivas y te venden buena conciencia. Te venden a vos.

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Te la venden de los dos lados. (foto original aquí)

Dejá de comprar. Desafiliate. El 8 de marzo es un día de lucha, es un día de conquista. Es un día feminista. De género, las cortinas. De varones, todo lo demás. Hoy no.

Hoy vos, hoy mujeres, hoy menstruación, hoy aborto, hoy Pan y Rosas, hoy Feminismo Radical, hoy separatismo, hoy Valerie, hoy mujeres incendiadas en la fábrica de camisas, hoy Flora, hoy mujeres iniciando la Revolución Rusa y hablando de amor libre y guarderías, hoy Simone, hoy Aleksandra, hoy abolicionismo, hoy niunamenos, hoy cuestionar la heterosexualidad como destino, hoy adiós amor romántico, hoy Andrea, hoy niputasnisantas, hoy todo lo que construimos y todo lo que nos fue robado, hoy lesbianismo político, hoy nuestros sueños, hoy nuestro deseo, hoy todo con A, cuerpa, besas, vida. Hoy las mujeres.

Tienen todos los demás días. Tienen todos los días desde hace 6000 años hasta hoy. Pero hoy no. Porque las sogas de género ahorcan igual. Porque hoy recordamos que seguimos luchando para vivir. Que seguimos hermosamente vivas, que seguimos dolorosamente unidas, que seguimos tercas y rabiosas, amándonos contra todas las reglas, que seguimos luchando por un mundo sin opresiones solas y mal acompañadas pero firmes. Que nos queremos vivas. Que nos queremos libres. Que somos mujeres. Que lo único que podemos ser es feministas o felpudos. Que no somos felpudos. Que las mujeres somos gente.

8 de marzo – Día de Lucha. (En Uruguay).

#MásFeminismoMenosMierda.

vivafeminismo1936

 

 

 

 

 

 

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Febril la Mirada

Me gustaban las mujeres. No tenía demasiado construido qué quería decir pero lo sabía desde hacía rato. En realidad, lo que sabía desde hacía rato es que no veía nada de malo en la homosexualidad. Eso es lo único que sabía. Pero lo sabía desde muy chiquita, cuando todo es bueno o malo o sí o no. Sigo sin saber por qué, cómo lo aprendí y quién me lo enseñó. Como a los 10 años en un brote de excitación protoepifánica le dije a mi sobrina -también de 10 años –  “¡Pará! ¿Cómo sabemos que en realidad no es todo al revés y lo que está “bien” es que los varones estén con varones y las mujeres con mujeres?”. En minutos la lapidaria respuesta  “si fuera así, las personas nos extinguiríamos” zanjó el debate de pesado por más o menos una década.

10 años no es nada. Yo quería estar con Luna. En realidad estaba con Luna cuatro horas al día en el liceo, y casi todas las tardes (y noches) en su casa o la mía, y los fines de semana en algún boliche. Casi ininterrumpidamente. Desde que nos conocimos en la fila para anotarnos en el noble instituto Alfredo Vázquez Acevedo. Una mañana entera de charla mientras esperábamos en el patio y que suspendimos brevemente para ir hasta mi casa y volver a la tarde a retirar el comprobante de inscripción. Una tarde que pasó a ser una noche girando en los sillones de pana azul de mi padre como giraba el hielo en el vasito que tenía hielo y una madrugada en la que las dos dijimos que nos gustaban las mujeres,  en la que Luna me contó de Pamela y yo inventé una historia con un nombre que ni me acuerdo y en la que después de muchas vueltas y bastante hielo, confesamos qué nos pasaba cuando estábamos con hombres,  lo que nos dolían, cómo en el fondo sabíamos que no nos querían y cómo lo que más queríamos era que alguien nos acariciara la cabeza aunque lo que ellos más elogiaran de nosotras era que los “dejábamos con los ojos dados vuelta”. Al otro día nos inscribimos en Bachillerato y a los pocos meses, con una excusa cualquiera, estuvimos juntas. Y no cambió todo. De hecho, en realidad no cambió nada. Pero se sacudió todo.

Como un terremoto. Casi como un terremoto. Como el segundo antes de un terremoto. El mismo vértigo. Si “terremoto” fuera algo que te morís de ganas de hacer, claro.

Estuvimos juntas pero no estábamos solas. Capaz el problema fue eso. Nosotras queriendo escribir cuando en realidad éramos más bien bailarinas como las de las cajitas, dando vueltas y vueltas con música de otro, para que mire otro. No estábamos solas, pero a mí me parece que queríamos estar juntas. Ahora me parece. Ahora me parece que no nos animábamos a hacer lo que queríamos y que nos acomodamos, nos ajustamos, cocinamos con lo que había. No sé a ella,  a mí me parecía que había tiempo. Que eventualmente algo iba a pasar y eso que parecía una duda tan grande, se iba a resolver solo. Que nos íbamos a dar cuenta que nada nos gustaba más que ir juntas por la calle, sabiendo que estábamos juntas. Que al final de todas las vueltas de todas las noches de todos los hielos de todos los tipos, lo que más nos gustaba era abrazarnos, acariciarnos la cabeza y darnos besos.

Pero no pasó. Salieron otras cartas – de mazos de otra gente – y se deshizo el terremoto. Y sacudió tanto al deshacerse como había sacudido al hacerse. Solo que al final todo quedaba como antes. Como si nada. Hubo réplicas. Varias. Como en todos los terremotos. Cada tanto había algún nuevo movimiento. Reencuentros,  charlas,  algunas noches, algunos bailes y algunos besos. El mismo placer alegre, tan diferente del que conocía y que experimentaba con hombres,  mucho más oscuro,  mucho más mecánico,  mucho más incómodo. Los mismos orgasmos con sonrisas inmensas que encandilan para afuera y para adentro. Pero nada cambiaba El Orden de las Cosas. Ninguna de las réplicas movió tanto una tierra -ya llena de escombros- como para cambiar esas cartas.

El Orden de las Cosas estaba zanjado: Nos gustaban las mujeres. Me gustaban las mujeres. Había estado con mujeres. Habían sido mis mejores amigas. Me gustaba estar con ellas, besarlas, abrazarlas. Me gustaba caminar juntas. Extrañaba pieles, formas y olores y sobre todo, los tiempos de la sexualidad entre mujeres cuando no estaba con mujeres. Pero mis parejas,  mis compromisos,  mis “relaciones” eran con hombres. El sexo con mujeres era mucho más hermoso, más dulce, definitivamente más rico. Pero la atracción,  la pasión, La Literatura no estaba, no existía. Y a esa altura, yo no sabía si era aprendido o natural.  Los hombres nos odiaban y nosotras a ellos pero estábamos con hombres. No éramos lesbianas: nos gustaban las mujeres. Zanjado. Por unas décadas más.

20 años no es nada. Pero cambia todo. Mi pareja me había contado que durante un año entero Claudina le había confesado que yo le gustaba,  que me quería, que estaba enamorada de mí. Yo había estado con ella un par de veces, sin saber nada de esto. Pensando que querría probar o que sé yo. Pensando que a ella, como a mí, capaz le “gustaban las mujeres” aunque no era lesbiana. Habían pasado unos buenos diez años desde entonces. Habían pasado unos buenos diez años desde todo. Dos divorcios, tres hijos, mucho palo literal y metafórico. Nos encontramos, nos pusimos al día y pasamos la noche juntas. Y ahí sí, como si hubiera un tiempo mejor que otro para destrozarlo todo, vino el terremoto. Y esa vez, sí, cambió todo. Era momento de hacer algo.

Pensé y pensé y repasé y comparé y recordé. Me llevó bastante tiempo y mucho esfuerzo. Revisé todo. Lo que había entendido hasta ese momento por “atracción”, lo que se suponía que pasaba en una relación sexual, lo que yo no conocía pero sabía que tenía que existir. Lo que implicaba una relación con un hombre si se era mujer. Lo que era cambiable y corregible y arreglable y construible. Lo que no. Lo que era desigual y opresivo y humillante. Me puse a escribir. Me puse a recordar. Me puse a discutir. Y tomé una decisión. Lo decidí. Tranquila, confiada, contenta lo decidí. Hombres nunca más.

No sabía cuánto tiempo me iba a llevar sacarme sus marcas, sus cadenas disfrazadas de romance, sus manipulaciones. Es toda una institución. Es la institución donde se fabrica todo. Es donde nos nacen a esto. A este sistema, al patriarcado capitalista que nos vende cosas para que compremos y nos vende como cosas que compran otros. Pesa una tonelada. No sabía cuánto me iba a llevar pero sabía que no más. Y sabía que tenía que relacionarme con mujeres. Que tenía que conocer mujeres, mirar mujeres, hablar con mujeres, mirar películas sobre mujeres. Que tenía que romper el campo magnético ese que hacía que por más amigas que fuéramos, por más que hubiéramos intimado, nunca tuviera la misma intimidad, la misma confianza, el mismo vértigo con una mujer que con un hombre. A esa altura ya sabía que el campo magnético ese no tenía nada de “natural”. Que era un alambrado. Hecho. A propósito. Para que me quedara adentro de una cajita que cada vez que respirás, se achica así que o te vas ahogando o te vas ahogando adentro. Para que siguiéramos pensando que el destino inevitable de cualquier mujer es el velo, la panza, la teta, los platos. Y me dediqué a romperle un pedacito todos los días. A desafiliarme. De a pasitos. Hasta que un día, conocí a una mujer. Por internet. No por vecindad, ni por edad, ni por accidente, ni por estudio ni por trabajo. Fijamos una cita y nos encontramos.

Mi primera cita oficial con una mujer fue la mejor cita de toda mi vida. Duró 72 horas y sigue hasta mañana por lo menos, aunque espero que siga hasta que me muera. Me llevó 20 años. 20 años de tenerle miedo a La Mirada, miedo a mirar a una mujer como una mujer que mira – no como una nena que espera aprobación ni como una “femme fatale” que abajo del circo de seducción al gusto del mercado, también espera aprobación y que le acaricien la cabeza-, y miedo a ser mirada por una mujer de una forma tan ridículamente prohibida y escondida que se podría decir que no existe si no fuera porque la estoy vi(vi)endo. La mirada febril y deseante. La mirada tímida y compinche. La mirada genuina de los ojos más lindos del mundo en los que brilla todo y no tenés miedo nunca más.

Hace más de un año que comparto mi vida con una persona que puedo conocer, a la que puedo entender, a la que disfruto amar. Hace más de un año que se rompió el bloque yinyangdemierda amor=dolor. Hace más de un año que no siento que la cama es una mesa de examen. Hace más de un año que siento que la vida no es una mesa de examen. Hace más de un año que no entro ni a la cama ni a la vida calculando cómo voy a hacer para salir de ahí cuando se complique todo y yo tenga más para perder y menos tiempo para correr siempre.

Hace más de un año que, casi como Adán, lo que nombro, existe. Deseo. Placer. Amistad. Confianza. Yo.

Y yo creo que existe porque lo nombro con mis mismas palabras, con mi misma fuerza, con mis mismos ritmos, con mi mismo idioma, mirando la misma mirada. La mirada que es un continuo – o así me lo parece al menos desde el centro mismo del remolino. La mirada que me nombra y cuando me nombra, me crea, me inventa, me hace.

Me nombra viva. (Ni sumisa ni amoldada ni adaptada ni afiliada ni ninguna otra palabra muerta).

Me nombra mujer. (Sin adornitos ni voladitos ni contratos transaccionales ni disecciones pornetas que me dividen en partes anatómicas, metonimias de mierda).

Me nombra lesbiana.

dancing-in-the-street

Irrompible

Estoy rota.

Sí.

Capaz.

Un poco.

Muchos muchos.

Capaz.

Pero no estoy vacía.


No desaparecí.

No estoy desperdiciada.

No soy – no es –

un desperdicio.

No estoy vacía.

Lo que haya

lo que quede

lo que sea que soy

todavía late

a veces hasta me parece

que brilla un poco

que lo veo

que se ve ahí

brillando

que rompe los ojos

de todos los mundos.

Y es con eso

con lo que brilla

con lo que queda

con lo que no está roto

con lo que nace

y sigue naciendo

Es con lo irrompible

que te busco

que te miro

que te amo.

brokenbutterfly

Violaciones correctivas de lesbianas: ‘Vamos a enseñarte una lección’

artículo original: http://www.elmundo.es/elmundo/2011/03/25/solidaridad/1301053048.htmlImage

“Te vamos a enseñar una lección”. Esas son las primeras palabras que Ndumi Funda, directora de la ONG Luleki Sizwe explica que escuchan las víctimas de las conocidas como ‘violaciones correctivas de lesbianas’. Una macabra clase de masculinidad para “enseñar que son mujeres, no hombres”. Tras la violación, en muchas ocasiones, llega el Sida, el rechazo social, el desprecio de la policía y la muerte. Un susurro mortal que “sentimos cada día como una amenaza constante”.

Ndumi lidera un movimiento social con otras ONG sudafricanas que han conseguido llegar hasta el mismo Parlamento. Con la ayuda, entre otras, de la organización estadounidense change.org han llevado hasta el despacho del ministro de Justicia 176.000 firmas recogidas en 163 países.“Es la campaña internacional de recogida de firmas más importante de la Historia de Sudáfrica”, explica Benjamin Joffe-Walt, responsable de comunicación de la campaña. Eso sí, menos de un 2% de las firmas son sudafricanas.

“El ministro ha prometido cambios inminentes y ayudas personalizadas a las víctimas. Hay una nueva reunión en cuatro semanas para aclarar propuestas”, anuncia Benjamin.

La importancia del nombre en África

‘Creé esta organización después de que mi pareja fuera violada por cinco hombres y acabara muriendo de Sida’

Ndumie ha sido también víctima de las violaciones. No directamente, lo fue su pareja. “Creé la ONG en 2008 para luchar contra la violencia que sufren las lesbianas en los township de Ciudad del Cabo (barriadas hacinadas de gente que vive en condiciones miserables a las afueras de la ciudad), tras ver morir a mi novia en 2007”, recuerda. “Sizwe (su pareja) fue violada por cinco hombres que pretendían corregir su desviada conducta. Al principio no dijo nada, ni a sus padres. Luego confesó la violación por la que se infectó de Sida, y acabó muriendo por una meningitis. Fue una historia muy triste”.

Antes, en 2005, prosigue Ndumie, “Luleki era una conocida lesbiana que no escondía su sexualidad. Trabajaba para la comunidad, luchando contra la violencia que sufren las mujeres y ayudando a la gente más pobre. Un día fue violada por su primo, que explicó que lo hizo para ‘enseñarla que no era un hombre’. Murió tras contraer el Sida”, recuerda. “En África los nombres son muy importantes, por eso el nombre de esta organización lleva el de ambas”.

Pero la pesadilla de una lesbiana violada no termina con la agresión. El rechazo de la sociedad y la policía, junto a un más que probable contagio del Sida, son los siguientes pasos. “La Policía es muy homófoba. En muchas ocasiones la lesbiana va a denunciar y ni siquiera es escoltada para volver a su casa. Tiene que esperar aterrorizada en la parada del autobús o compartir minibús con sus violadores”, denuncia Ndumie. Muchas, de hecho, optan por ni siquiera denunciar los hechos.

“Hubo diez denuncias en una semana y la Policía no hizo nada. En los últimos dos años han muerto más de diez lesbianas violadas”, recuerda, mientras comienza a contar en voz alta sus nombres.

Rechazo de abogados, médicos, familias

‘La Policía es muy homófoba. En muchas ocasiones la lesbiana va a denunciar y ni siquiera es escoltada para volver a su casa’

Hay un evidente rechazo social al problema. “Los violadores forman parte de nuestros barrios. Los agentes los conocen y prefieren no detenerlos. Las familias rechazan en muchos casos a las hijas, hermanas… que declaran su homosexualidad. Los testigos y médicos no acuden a los juicios, los abogados no quieren defenderlas, lo que hace que sea un proceso interminable”.

Su día a día es parecido. “Yo nunca entro en un bar de los township, sé que corro peligro. Si hacemos una reunión es en una casa, encerradas, yninguna sale a la calle a partir de las ocho de la tarde“.

Luego llega la enfermedad. “Muchos de los violadores son ex convictos que han sido violados en la cárcel. Tienen Sida, lo que acaba siendo una sentencia de muerte para nosotras”. El rechazo se extiende también a sus hijos. “Muchas tenemos hijos y si en la escuela se enteran que su madre es lesbiana son apartados”.

Sin embargo, la campaña ha abierto una nueva puerta a la esperanza. “Trabajamos en una asociación que tiene 350 mujeres. Tenemos dos equipos de fútbol y estamos creando uno de rugby. Hacemos obras de teatro y empezamos a perder el miedo a salir a la calle. La gente viene a vernos”.

‘Las familias rechazan a sus hijas, hermanas… Los testigos y médicos no acuden a los juicios..’

¿Qué le pides al ministro? “Una nueva legislación que califique la violación de lesbianas como un agravante, protección policial y ayudas a las víctimas. Les votamos para que nos protejan, no para que nos olviden”, concluye.

Lo curioso es que Sudáfrica tiene una legislación especialmente dura contra las violaciones, una lacra social, y fue el primer país africano en legalizar el matrimonio homosexual y en penar la discriminación sexual. La presión internacional ha conseguido que las voces de las víctimas sean ahora escuchadas en el Parlamento.