Graduación

Ese momento insoportable en que te das cuenta que realmente pensás lo que pensás. Que no es por una moda, ni por una pose, ni porque no tenés nada mejor que hacer, ni porque te fue mal en la vida, ni porque te da ninguna ventaja (ninguna en nada).

El susto que te da darte cuenta que realmente creés tanto en algo, que no vas a poder ni queriendo dejar de hacer todo lo que puedas, TODO, para que se vuelva lo más realidad posible.

Y la certeza de que ALGO te va a costar. Porque estas cosas se pagan.

Yo pensaba que se podía ir por la vida haciendo la plancha, un poco de esto, un rato de lo otro, si se complica me voy, me olvido, cambio. Y ahora me doy cuenta que no, que es verdad que se te revuelve el estómago cuando ves que pasan algunas cosas que pasan. No como a una señora respetable que dice “qué barbaridad” cuando ve que hay niños pidiendo y sigue tan pancha. Como de verdad. Como si cada una de las miles y miles de tragedias e injusticias que no querés oír más pero que tampoco querés ni podés ignorar fuera la misma, la única. Como si te hubieran pasado a vos, las que sí te pasaron y las que no, porque es lo mismo.

Y entonces entran todas esas frases que siempre dan un poco de vergüenza, que si sos capaz de sentir la injusticia blablabla contra cualquiera en cualquier lado blabllaba o que si nos tocan a una blablabl nos tocan a todas y todas esas. O eso de que lo personal es político. ESA. Esa es tan dolorosa e insoportablemente cierta que asusta. Porque cómo hacés para NO involucrarte personalmente con tu política ni políticamente con tu persona? No se puede. Es el problema que tenemos l@s que no comentamos cosas a lo cronista de internacionales, hablando sobre lo que le pasa a otra gente que no tienen ni idea. 

Por eso es imposible responder todo el tiempo a todo. Porque para nosotras, para mí, esto ES verdad. No me tengo que leer cinco tomos de teoría para saber que las mujeres no son gente, tengo que hacer un poquitito de memoria. 

Tengo que mirar lo que “gano” por mes, tengo que poner UNA frasecita medio rebelde en facebook y esperar las reacciones. Tengo que acompañar a una amiga al juzgado para que traten de evitar que el ex marido la mate y ver cómo le dicen que trate de no “darle motivos” al tipo. Tengo que cerrar los ojos y acordarme de todos los hombres y mujeres que me dijeron puta y loca, de cuánto odiaba a lgun@s de ell@s y de cuánto quería a otr@s, y de las circunstancias en que pasó eso. Tengo que ir a un hospital y oír cómo me hablan ” a ver maaaaadrrrrre”. Tengo que mirar para abajo y notar que el hecho de que no me veo como me veía a los 17 me duele.

Tengo que leer un diario: Abusada, maltratada, violada, quemada con ácido, muere en noche de bodas niña de 8 años, secuestrada, traficada, prostituida, pornificada, anorexia, dietas, la liberación es miley cyrus, baile del caño, se lo busca por puta, aborta= asesina, no aborta= se llena de hijos= hay que castrarla, la mata el novio el marido el ex marido la mata y después se mata él. 

Tengo que leer o escuchar los comentarios de mis compatriotas sobre cualquier noticia: algo habrá hecho es que esa es brava es una puta es una trepadora flor de víbora se hace la mosquita muerta esas son las peores bien que ella le dio pie bueno ahora que no se queje a todas les gusta hay mujeres que son mas machistas que los hombres las mujeres son las peores andá a saber cómo llegó hasta ahí, arrodillándose seguro es una loca esa es flor de puta cómo engordó esa tipa algo le pasa.

Tengo que admitir que no me animo a hablar de muchísimas cosas (aunque parezca que sí) porque me da miedo las consecuencias que pueda tener. Tengo que hacerme a la idea de que las personas a las que me voy a enfrentar no están en mi misma situación. No cargan con este peso, propio y ajeno, (porque esas personas no cargan con nadie más que con sus propios privilegios y sus propias agendas), no sienten ningún dolor, hablan porque les es fácil.

Son como drones. 

Resulta que me acabo de dar cuenta que peleo, peleamos, contra drones y que además lo hacemos desde la vulnerabilidad más total que viene con ser el orejón más último del último de todos los tarros.

Y así y todo, no puedo ni quiero hacer otra cosa. Porque está demasiado mal, hace demasiado tiempo y realmente quiero, realmente quiero, que ni mis hijas, ni las hijas de las otras yo que andan por ahí tengan jamás que andar escribiendo esta porquería o viviendo esta farsa, solo porque la realidad es demasiado, demasiado repugnante como para soportarla sin querer romper todo y hacer otra cosa.

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“Aborto” por Andrea Dworkin

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[…]

Norman Mailer declaró durante los años sesenta que el problema de la revolución sexual era que había llegado a manos de las personas equivocadas. Tenía razón. Había llegado a las manos de los hombres.

La idea pop era que coger era bueno, tan bueno que cuanto más hubiera de eso, mejor. La idea pop era que la gente debería coger a quien quisiera: traducido para las chicas, esto quería decir que las chicas deberían querer ser cogidas–la mayor parte del tiempo que fuera humanamente posible. Para las mujeres, lamentablemente, todo el tiempo es humanamente posible con suficientes cambios de compañero. Los hombres sueñan con la frecuencia con relación a sus propios patrones de erección y eyaculación. Las mujeres fueron cogidas mucho más de lo que los hombres cogieron.

La filosofía de la revolución sexual es anterior a los años sesenta. Aparece en ideologías y movimientos de izquierda regularmente -en la mayoría de los países, a lo largo de distintos períodos, manifiesta en varias “tendencias” de izquierda. Los años sesenta en Estados Unidos, repetidos en distintas tonalidades a lo largo de Europa Occidental, tuvieron un carácter particularmente democrático. No hacía falta leer a Wilhelm Reich, aunque hubo quien lo hizo. Una banda de desgraciados que odiaban hacer el amor estaban haciendo la guerra. Una banda de chicos que amaban las flores estaban haciendo el amor y negándose a hacer la guerra. Estos chicos eran maravillosos y bellos. Querían la paz. Hablaban de amor, amor y amor, no amor romántico, sino amor por la humanidad. Crecieron, se dejaron el pelo largo y se pintaron la cara y usaron ropa de colores y se arriesgaron a ser tratados como nenas.Al resistir ir a la guerra, eran cobardes y débiles y unas nenitas. No es raro que las chicas de los años sesenta pensaran que estos chicos eran sus amigos especiales, sus aliados especiales, amantes todos y cada uno de ellos.Las chicas eran idealistas. Odiaban la guerra de Vietnam y sus propias vidas, a diferencia de las de los chicos, no estaban en juego. Odiaban la intolerancia racial y sexual sufrida por las personas negras, en particular por los hombres que eran las figuras en situación de riesgo más visible. Las chicas no eran todas blancas, pero de todos modos el hombre negro era la figura de empatía, la figura que deseaban proteger de pogroms racistas.

La violación era vista como una táctica racial: no como algo real usado en un contexto racista para aislar y destruir hombres negros de maneras específicas y estratégicas, sino como un invento de la mente racista. Las chicas eran idealistas porque, a diferencia de los hombres, muchas de ellas habían sido violadas; su vida estaba en juego. Las chicas eran idealistas especialmente porque creían en la paz y la libertad tanto que hasta pensaron que también habían sido pensadas para ellas. Sabían que sus madres no eran libres–veían las vidas femeninas, pequeñas y restringidas – y no querían ser como sus madres. Aceptaban la definición de libertad sexual de los chicos porque eso, más allá de cualquier otra idea o práctica, las hacía diferentes a sus madres. Mientras que sus madres mantenían el sexo en secreto y en privado, con tanto miedo y vergüenza, las chicas proclamaban al sexo como su derecho, su placer y su libertad.Censuraban la estupidez de sus madres y se aliaban en términos declaradamente sexuales con los chicos de pelo largo que querían paz, libertad y coger por todas partes. Esta era una visión del mundo que sacaba a las chicas de los hogares en los que sus madres eran cautivas aburridas o autómatas y al mismo tiempo convertían a todo el mundo, potencialmente, en el mejor hogar posible. En otras palabras, las chicas no dejaron su hogar para encontrar aventuras sexuales en una jungla sexual: dejaron su hogar para encontrar un hogar más tibio, más grande, más abarcativo.

El radicalismo sexual fue definido según términos clásicamente masculinos: cantidad de compañeros, frecuencia, variedad (por ejemplo, sexo grupal), la voluntad de tener sexo. Todo debía ser esencialmente igual para chicos y chicas: dos, tres o la cantidad de personas en comunidad que fuera. Era esa disminución en la polaridad de género esencialmente lo que mantenía a las chicas en el trance, aun después de que la cogida revelara que los chicos eran hombres después de todo. Había sexo forzado – sucedía a menudo, pero el sueño continuaba vivo. El lesbianismo jamás fue aceptado como “hacer el amor” en sus propios términos sino más bien como una ocasión un poco pervertida para el voyeurismo masculino y la cogida eventual de dos mujeres mojadas; a pesar de eso, el sueño continuaba vivo. Se jugueteaba con la homosexualidad masculina, que era vagamente tolerada, pero despreciada en gran medida, y también temida, porque por más flores que adornaran a los hombres heterosexuales, ellos no podían soportar ser cogidos “como mujeres; pero, a pesar de eso, el sueño continuaba vivo. Y en la base del sueño, para las chicas, había un sueño empatía sexual y social que negaba las estructuras de género, un sueño de igualdad sexual basada en lo que hombres y mujeres tenían en común, eso que los adultos trataban de matar en ti a medida que te hacían crecer. Era un deseo de una comunidad sexual más como la infancia – antes de que las niñas fueran aplastadas y segregadas. Era un sueño de trascendencia sexual: trascender el mundo masculino-femenino absolutamente dicotomizado de los adultos que hacían la guerra y no el amor. Era – para las chicas – un sueño de ser menos femeninas en un mundo menos masculino; una erotización de la igualdad entre herman@s, no la dominación masculina tradicional.

Desearlo no hizo que sucediera. Actuar como si sucediera, no hizo que sucediera. Proponerlo de comunidad en comunidad, a hombre tras hombre, no hizo que sucediera. Hornear pan y manifestarse contra la guerra no hizo que sucediera. Las chicas de los sesentas vivieron en lo que los Marxistas llaman, aunque en este caso, no lo consideren así, una contradicción. Precisamente al tratar de erosionar los límites del género a través de un aparentemente único estándar de práctica de liberación sexual, participaron más y más en el acto más cosificador del género: coger. Los hombres se volvieron más masculinos, el mundo de la contracultura se volvió más agresivamente dominado por hombres- Las chicas se volvieron mujeres – se encontraron poseídas por un hombre o un hombre y sus amigos (en el lenguaje de la contracultura, sus hermanos – de él y de ella también), intercambiadas, violadas en grupo, coleccionadas, colectivizadas, cosificadas, convertidas en la cosa más hot de la pornografía y socialmente re-segregadas en roles tradicionalmente femeninos. Hablando empíricamente, la liberación sexual fue practicada por mujeres en una amplia escala en los años sesenta y no funcionó: es decir, no liberó a las mujeres. Su propósito – así resultó – fue liberar a los hombres para usar a las mujeres sin restricciones burguesas, y en eso sí fue exitosa. Una consecuencia para las mujeres fue una intensificación de la experiencia de ser sexualmente femenina – el exacto opuesto de lo que aquellas chicas idealistas habían imaginado para sí. Al experimentar una amplia variedad de hombres en una amplia variedad de circunstancias, las mujeres que no eran prostitutas descubrieron la naturaleza impersonal- y determinada por la clase- de su función sexual. Descubrieron la total irrelevancia de sus propias sensibilidades sexuales en términos individuales, estéticos, éticos o políticos (sensibilidades que fueran caracterizadas por hombres como femeninas, o burguesas, o puritanas) mientras los hombres la practicaban. El estándar sexual era la cogida de hombre a mujer y la mujer servía a ese estándar, pero ese estándar no servía a la mujer.

En el movimiento de liberación sexual de los sesentas, en su ideología y práctica, ni la fuerza ni el estatus subordinado de la mujer era un tema a considerar. Se dio por descontado que -libre de represiones – todo el mundo quería coito todo el tiempo (los hombres, por supuesto, tenían otras cosas importantes que hacer, las mujeres no tenían razón legítima alguna para no querer ser cogidas) y se dio por sentado que en las mujeres, la aversión al coito, o no llegar al clímax en el coito, o no querer el coito en un momento dado o con un hombre en particular, o querer menos compañeros de los que había disponibles, o cansarse, o estar enojadas, eran signos y evidencias de represión sexual. Coger per se era libertad per se.

Cuando aparecía la violación – obvia, clara y brutal violación – era ignorada, a menudo por razones políticas si el violador era negro y la mujer blanca. Curiosamente, en una violación construida racialmente, era probable que se la considerara violación, aunque en definitiva fuera ignorada. Cuando un hombre blanco violaba a una mujer blanca, no había vocabulario para describirla. Era un suceso que tenía lugar por fuera del discurso político de la generación en cuestión y por lo tanto, no existía. Cuando una mujer negra era violada por un hombre blanco, el grado de reconocimiento dependía del estado de las alianzas entre hombres blancos y negros en el terreno social del que se tratara: según, en algún momento dado,estuvieran compartiendo mujeres o teniendo luchas territoriales por ellas. Una mujer negra violada por un hombre negro tenía la carga agregada y especial de no arriesgar perjudicar a su propia raza, particularmente en peligro por acusaciones de violación, por llamar la atención a cualquiera de estas brutalidades cometidas en su contra. Las golpizas y el coito forzado eran habituales en la contracultura. Aun más común era la coerción social y económica sobre las mujeres para tener sexo con hombres. Y aun así, no se reconocía la existencia de antagonismo alguno entre la fuerza sexual y la libertad sexual: una no excluía a la otra. Estaba implícita la convicción de que la fuerza no sería necesaria si las mujeres no fueran reprimidas; las mujeres querrían coger y no necesitarían ser forzadas a coger; de tal modo que era la represión y no la fuerza, lo que obstaculizaba la libertad.

La ideología de la liberación sexual, ya sea la pop o la más tradicional intelectual de izquierda, no criticaba, analizaba ni repudiaba el sexo forzado, ni exigía el cese de la subordinación social y sexual de las mujeres por parte de los hombres; ninguna de estas realidades se reconocían. Por el contrario, postulaba que la libertad para las mujeres consistía en ser más cogida, más seguido, por más hombres, una especie de movilidad lateral en la misma esfera inferior. Ninguna persona fue hecha responsable por actos sexuales forzados, violaciones, golpizas a mujeres, salvo que se culpara a las mujeres mismas – en general por no haber conformado en primer lugar. Estas eran, principalmente, mujeres que querían conformar – que querían la tierra prometida de la libertad sexual – y que aun así tenían límites, preferencias, gustos, deseos de intimidad con algunos hombres y no con otros, humores no necesariamente relacionados con la menstruación o las fases lunares, días en los que preferirían leer o trabajar, y eran castigadas por todas estas represiones puritanas, estas recaídas pequeño burguesas, estos diminutos ejercicios de voluntades aun más diminutas, que no estaban de acuerdo con las voluntades de sus hermanos-amantes: la fuerza era usada frecuentemente contra ellas, o eran amenazadas, o humilladas, o expulsadas. En el uso de la coerción para conseguir la conformidad sexual no se veía implícita ninguna disminución del flower power, la paz, la libertad, la corrección política o la justicia.

En el jardín de delicias terrenales conocido como la contracultura de los años sesenta, el embarazo irrumpía, casi siempre de manera agresiva, y aun en ese entonces era uno de los obstáculos reales para coger mujeres a demanda masculina. Volvía a las mujeres ambivalentes, reticentes, preocupadas, molestas, inclusive las impulsaba a decir “no”. A lo largo de los sesentas, la píldora anticonceptiva no era fácil de conseguir y ninguna otra cosa era segura. Las mujeres solteras tenían aun más problemas para acceder a métodos anticonceptivos, incluyendo el diafragma y el aborto era ilegal y peligroso. El miedo al embarazo daba una razón para decir que no: no solo una excusa sino una razón concreta difícil de disuadir o seducir para que desaparezca, aun con el argumento más astuto o deslumbrante por en nombre de la libertad sexual. Especialmente difíciles de influenciar eran aquellas mujeres que ya había tenido abortos ilegales.

Pensaran lo que pensaran sobre coger, lo experimentaran como lo experimentaran, les gustara lo que les gustara, lo toleraran lo que lo toleraran, sabían que para ellas tenía consecuencias de dolor y sangre y sabían que no tenía costo alguno para los hombres, salvo a veces, dinero. El embarazo era una realidad material y no se podía argumentar hasta hacerla desaparecer.

Una táctica usada para contrarrestar la inmensa ansiedad causada por la posibilidad de un embarazo era la alta estima en la que se tenía a las mujeres “naturales” – las mujeres que eran “naturales” en todo sentido, las que querían cogidas orgánicas (sin anticoncepción, no importa cuantos embarazos resultaran) y verduras orgánicas también. Otra táctica era hacer hincapié en la crianza comunal de los niños, prometerla. Las mujeres no eran castigadas de las formas convencionales por tener a los niños – no se las etiquetaba como “malas” ni se las esquivaba, pero eran frecuentemente abandonadas. Una mujer y su hij@ – pobre y casi una relativamente descastada- vagando por ahí dentro de la contracultura alteraba la calidad del hedonismo en las comunidades que invadía: el par madre-hijo encarnaba otra cepa de la realidad, una que no era muy bienvenida en general. Había mujeres solas luchando para criar hijos “libremente” y se interponían en el camino de los hombres que veían la libertad como la cogida – y la cogida se terminó para los hombres cuando se terminó. Esta mujeres con hijos hacían que las otras mujeres estuvieran un poco más sombrías, un poco más preocupadas, un poco más cuidadosas. El embarazo, el hecho del embarazo, era antiafrodisíaco. El embarazo, la carga del embarazo, hacía más difícil que los chicos de las flores se cogieran a las chicas de las flores, que no querían desgarrarse las entrañas ni pagarle a alguien para que lo hiciera, ni tampoco querían morir.

Fue el freno que el embarazo puso a la cogida que hizo del aborto un asunto político de alta prioridad para los hombres en los años 60 – no solo para los hombres jóvenes, sino también para los izquierdistas más viejos que ligaban algo de sexo de la contracultura y aun para hombres más tradicionales que cada tanto mojaban los pies en la piscina de las chicas hippies. La despenalización del aborto – porque ese era el objetivo político, era visto como el estímulo final: haría que las mujeres fueran absolutamente accesibles, absolutamente “libres”. La revolución sexual, para poder funcionar, requería que el aborto estuviera disponible a demanda para las mujeres. De otro modo, la cogida no estaría disponible a demanda para los hombres. Estaba en juego el ligar. No solo ligar, sino ligar de la manera en que grandes cantidades de chicos y hombres querían ligar – montones de chicas que lo deseaban todo el tiempo, fuera del matrimonio, gratis. La izquierda dominada por hombres agitaba y luchaba y argumentaba y hasta organizaba y apoyaba económica y políticamente los derechos abortivos de las mujeres. La izquierda militaba por el tema. Y luego, al final de los años sesenta, las mujeres que habían sido radicales en términos contraculturales, las mujeres que habían sido activas política y sexualmente, se volvieron radicales en nuevos términos: se hicieron feministas. No eran las amas de casa de Betty Friedan. Habían luchado en las calles contra la guerra de Viet Nam, algunas tenían edad como para haber peleado en el Sur por derechos civiles para los negros, y todo se había vuelto adulto sobre el lomo de esa lucha, y dios sabe que habían sido cogidas. Como escribió Marge Piercy en 1969 en una denuncia sobre sexo y política en la contracultura

Dar existencia a personal a través de la cogida es solamente la forma extrema de lo que sucede como práctica común en muchos lugares. Un hombre puede traer una mujer a una organización por dormir con ella y retirarla al dejar de hacerlo. un hombre puede purgar a una mujer por la única razón de que se cansó de ella, la embarazó o está atrás de alguien más: y esa purga se acepta sin levantar ninguna ola. Hay casos de mujeres excluidas de un grupo por la única razón de que uno de sus líderes fue impotente al estar con ella. Si un “líder” entra a un grupo lleno de “líderes” acompañado por una mujer y no la presenta, es extremadamente poco probable que nadie le pregunte el nombre o reconozca su presencia. La etiqueta que domina es la de “amo-sirviente” 5

O, como escribió Robin Morgan en 1970: “Hemos conocido al enemigo y es nuestro amigo. Y es peligroso”  6  Reconociendo el sexo forzado presente de modo tan feroz en la contracultura en el lenguaje de la contracultura, Morgan escribió: “Duele entender que en Woodstock o Altamont una mujer pueda ser declarada una estrecha o mala onda si no quiere ser violada”. 7 Estos fueron los comienzos: reconocer que los hermanos-amantes eran explotadores sexuales tan cínicos como cualquier otro explotador – ordenaban y menospreciaban y descartaban a las mujeres, las usaban para obtener y consolidar poder, las usaban por sexo y para trabajos de poca categoría, las usaban. Reconocer que la violación era un tema de absoluta indiferencia para estos hermanos-amantes que lo tomaban en cualquier forma en que pudieran conseguirlo, y reconocer que todo el trabajo por la justicia había sido hecho sobre las espaldas de mujeres explotadas sexualmente dentro del movimiento. “Pero seguramente”, escribe Morgan en 1968, “hasta un hombre reaccionario sobre este asunto puede darse cuenta que es realmente impactante oir a un joven “revolucionario” – supuestamente dedicado a construir un nuevo, libre, orden social para remplazar este, tan enviciado bajo el que vivimos –  se dé vuelta y sin pensarlo un segundo, le ordene a “su chica” que se calle y haga la cena o lave sus medias, porque ahora está hablando EL. nos hemos acostumbrado a esas actitudes por parte del patán norteamericano promedio, ¿pero de este valiente radical?8

Fue el crudo y terrible descubrimiento de que el sexo no era hermano-hermana sino amo-sierva; que este nuevo valiente radical no quería solamente ser amo en su hogar sino pasha en su harén – lo que fue explosivo. Las mujeres se encendieron al descubrir que habían sido sexualmente usadas. Yendo más allá de la agenda masculina sobre liberación sexual, estas mujeres discutieron sobre sexo y política entre ellas – algo que no se había hecho ni aun cuando compartían la misma cama con el mismo hombre – y descubrieron que sus experiencias habían sido asombrosamente parecidas, incluyendo desde sexo forzado a humillación sexual a abandono a manipulación cínica, habiendo sido tratado como inferiores y como pedazos de culo. y los hombres se habían atrincherado en el sexo como poder: querían a las mujeres para la cogida, no para la revolución: estas dos resultaron ser diferentes después de todo. Los hombres se negaron a cambiar, pero, lo que es mucho más importante, odiaron a las mujeres por negarse a servirlos bajo los términos anteriores – ahí estaba, para quien quisiera verlo, exactamente como lo que era. Las mujeres dejaron a los hombres – en manadas. Las mujeres formaron un movimiento autónomo de mujeres, un movimiento feminista militante, para luchar contra la crueldad sexual que habían experimentado y para luchar por la justicia sexual que se les había negado. desde su propia experiencia – especialmente al ser forzadas e intercambiadas – las mujeres encontraron la primer premisa para su movimiento político: que la libertad para las mujeres descansaba en, y no podía existir sin, su absoluto control sobre su propio cuerpo en el sexo y la reproducción.

Esto incluía, no solamente el derecho a interrumpir un embarazo, sino también el derecho a no tener sex, a decir que no, a no ser cogida. Para las mujeres, esto llevó a varios grados de descubrimiento sexual sobre la naturaleza y la política de su propio deseo sexual, pero para los hombres fue un callejón sin salida – la mayoría jamás reconoció al feminismo salvo en términos de su propia depravación sexual; las feministas les estaban quitando la cogida fácil. Hicieron todo lo que pudieron para quebrar la espalda del movimiento feminista – y de hecho no se han detenido aun. De particular importancia es el cambio de idea y de políticas sobre aborto. El derecho al aborto definido como una parte intrínseca de la revolución sexual era esencial para ellos: ¿quién podría soportar el horror y la crueldad y la estupidez del aborto ilegal? El derecho a abortar definido como una parte intrínseca del derecho de una mujer a controlar su propio cuerpo, también en el sexo, era un tema de suprema indiferencia.

Los recursos materiales se agotaron. Las feministas dieron la batalla por la despenalización del aborto – en las calles y en los juzgados con apoyo masculino severamente disminuido. En 1973 la Suprema Corte dio a las mujeres el aborto legalizado: el aborto regulado por el Estado.

Si antes de la decisión de la Suprema Corte en 1973 los hombres de izquierda mostraban una indiferencia feroz a los derechos al aborto en términos feministas, luego de 1973 la indiferencia se transformó en hostilidad abierta, las feministas tenían el derecho al aborto y seguían diciendo que no- no al sexo en términos masculino y no a la política dominada por esos mismos hombres. El aborto legalizado no puso a estas mujeres más disponibles para el sexo; por el contrario, el movimiento de mujeres crecía en tamaño e importancia y el privilegio sexual masculino estaba siendo desafiado con mayor intensidad, mayor compromiso, mayor ambición.

El hombre de izquierda se alejó del activismo político: sin la cogida fácil, no estaban preparados para involucrarse en política radical. En terapia descubrieron que habían tenido personalidad en el vientre materno, que habían sufrido traumas en el vientre materno. La psicología fetal – seguir la vida de un hombre hasta su origen en el vientre, donde, como feto, tenía un ser y una sicología propios – fue desarrollada desde la izquierda terapéutica (el residuo resultante de la izquierda masculina y contracultural) antes que desde el púlpito de cualquier religioso de derecha o legislador surgiera la idea de tomar partido políticamente sobre el derecho de ovarios fertilizados como personas  a la protección de la Catorceava Enmienda, que es en definitiva el objetivo de los activistas anti-aborto.*

El argumento de que el aborto era una forma de genocidio dirigida particularmente hacia los negros ganó terreno político, aunque las feministas desde siempre basaron parte del argumento feminista sobre el tema en hechos reales y cifras – las mujeres negras e hispánicas morían y eran dañadas de manera desproporcionada en los abortos ilegales.

Ya en 1970, estas cifras estaban disponibles en Sisterhood Is Powerful: ” Las mujeres puertorriqueñas mueren 4.7 veces más que las mujeres blancas por consecuencias de abortos ilegales, mientras que las mujeres negras mueren 8 veces más que las blancas… En la ciudad de Nueva York, 80% de las mujeres que mueren por abortos son negras y mestizas” 9

Y en la izquierda no violenta, el aborto era cada vez más considerado como asesinato – asesinato en los términos más grandilocuentes. “El aborto es la cara doméstica de la carrera armamentista nuclear” 10 escribe un hombre pacifista en un texto de 1980, para nada extraño en la escala y tono de la acusación. Sin la cogida fácil, las cosas seguro habían cambiado del lado izquierdo.

El Partido Demócrata. hogar establecido de muchos grupos de Izquierda, especialmente luego del fermento de los 60s, había entregado los derechos al aborto ya en 1972, cuando George McGovern compitió contra Richard  Nixon y se negó a tomar posición a favor del aborto para poder pelear contra la guerra de VietNam y por la presidencia sin distracciones. Cuando la enmienda Hyde, recortando la financiación de Medicaid para abortos, fue aprobada en 1976, tenía el apoyo de Jesse Jackson: mandó telegramas a todos los miembros del Congreso apoyando el recorte. Los recursos presentados demoraron la implementación de la enmienda, pero Jimmy Carter, elegido con la ayuda de grupos feministas y de izquierda en el Partido Demócrata, tenía a su hombre, Joseph A. Califano, Jr, responsable del entonces Departamento de Salud, Educación y Bienestar, para detener la financiación federal del aborto mediante una orden administrativa. Para 1977 la primera muerte documentada de una mujer pobre (hispánica) por un aborto ilegal aparecía: el aborto ilegal y muerte eran nuevamente realidades para las mujeres en los Estados Unidos. Delante de las llamadas enmienda de la vida humana y estatuto de la vida humana – una enmienda constitucional y un proyecto de ley definiendo un ovario fertilizado como ser humano –  la izquierda masculina simplemente se hizo la muertita.

La Izquierda masculina abandonó los derechos al aborto por razones genuinamente horribles: los chicos no conseguían ponerla, había amargura e ira contra las feministas por liquidar un movimiento (al retirarse de él) que implicaba tanto poder como sexo para los hombres; además de la conocida y monstruosa indiferencia del explotador sexual – si no se la puede voltear, ella no es real.

La esperanza de la Izquierda masculina es que la pérdida de los derechos al aborto lleve a las mujeres nuevamente a las filas – hasta el miedo a perder estos derechos puede lograr eso, y la Izquierda masculina ha hecho lo que ha podido para asegurar la pérdida. La Izquierda ha creado un vacío que la Derecha ha intentado llenar con su expansión – esto lo hizo la izquierda abandonando una causa justa, con su década de quietismo, con su década de mohínes. Pero la izquierda no ha sido solamente una ausencia,ha sido una presencia, enfurecida con el hecho de que las mujeres controlen sus cuerpos, enfurecida con el hecho de que las mujeres se organicen contra la explotación sexual, que por definición, significa que las mujeres se organicen también contra los valores sexuales de la Izquierda. Cuando las feministas han perdido el aborto legal completamente, los hombres de izquierda las esperan de regreso – rogando por ayuda, adecuadamente escarmentadas, prontas para hacer un trato, prontas para abrir las piernas nuevamente. En la izquierda, las mujeres tendrán aborto en términos masculinos, como parte de la liberación sexual, o no tendrán abortos, salvo arriesgando morir.

Y los chicos de los años sesenta crecieron también. De hecho envejecieron. Ahora son hombres en la vida, no solo en la cogida. Quieren bebés. El embarazo obligatorio es medio que la única manera en que puede asegurarse de conseguirlos.

Del libro “MUJERES DE DERECHA”

Copyright © 1983 por Andrea Dworkin.

Todos los derechos reservados.

Andrea Dworkin para hombres: Una tregua de 24 horas

Este texto es parte del libro CARTAS DESDE UNA ZONA DE GUERRA (Letters from a War Zone) de Andrea Dworkin. 

Esta es una charla que tuvo lugar en la Conferencia Regional de Medio-Oeste de la Organización Nacional para Cambiar a los Hombres (National Organization for Changing Men) en otoño de 1983 en St Paul, Minnesota. Una de las personas de la organización me dio la grabación y transcripción de mi charla. La revista del movimiento masculino M la publicó. yo enseñaba en Minneapolis. Esto fue antes de que Catharine MacKinnon y yo hubiéramos propuesto o desarrollado el enfoque de derechos civiles hacia la pornografía como estrategia legislativa. Muchas personas que estaban entre el público luego fueron muy importantes en la lucha por el proyecto de ley de derechos civiles. Yo no los conocía en ese entonces. El público consistió en alrededor de 500 hombres, con algunas mujeres. Hablé usando mis notas y en realidad iba de camino a Idaho–un viaje de 8 horas ida y otras ocho de vuelta (gracias a pésimas conexiones aéreas) para dar una charla de una hora sobre Arte; salir el sábado, volver el domingo, solo puedo hablar una hora o pierdo el único vuelo de vuelta que hay en el día, debo correr desde el podio al auto para hacer el viaje de dos horas hasta el aeropuerto. ¿Por qué habría una militante feminista bajo esta enorme presión parar en el camino para decirle “hola” a 500 hombres? De alguna manera, era un sueño hecho realidad. ¿Qué le dirías a 500 hombres si pudieras? esto es lo que yo dije, así es como usé mi oportunidad. Los hombres reaccionaron con amor y apoyo considerables. También con ira considerable. Las dos. Me fui rápido para tomar el avión para ir a Idaho. solo uno de los 500 hombres me amenazó físicamente. Lo detuvo una mujer guardaespaldas (y amiga) que me acompañaba.

He pensado mucho sobre cómo una feminista, como yo, puede dirigirse a un público compuesto mayoritariamente de hombres politizados que dicen ser anti-sexistas. Y pensé mucho sobre si debería haber una diferencia cualitativa en el tipo de discurso que les dirija a ustedes. Y me di cuenta que era incapaz de simular que creo que exista esa diferencia cualitativa. He observado los movimientos de hombres por muchos años. Tengo contacto con algunas de las personas que participan de esos movimientos. No puedo venir acá como una amiga, aunque quisiera con todas mis fuerzas. Lo que quisiera hacer es gritar: y en ese grito tendría los gritos de las violadas, y el sollozo de las golpeadas, y peor aun, en el centro mismo de ese grito, tendría el ensordecedor sonido del silencio de las mujeres, ese silencio en el que nacemos, porque somos mujeres, y en el que muchas morimos.

Y si hubiera un ruego, una pregunta o un pedido humano en ese grito, sería el siguiente: ¿Por qué tan lento? ¿Por qué tan lentos para entender las cosas más sencillas, no las cosas complicadas ideológicamente. Ésas las entienden. Las cosas simples. Los clichés. Simplemente que las mujeres son humanas exactamente en la misma medida y de la misma forma que ustedes. Y también: que no tenemos tiempo. Nosotras, las mujeres. No tenemos “para siempre”. Algunas no tenemos otra semana, ni otro día para hacer tiempo para que ustedes discutan lo que sea que pueda permitirles salir afuera y hacer algo. Estamos muy cerca de la muerte. Todas las mujeres. Y estamos muy cerca de la violación y estamos muy cerca de los golpes. Y estamos dentro de un sistema de humillación del que no hay escape para nosotras. Usamos estadísticas, no para tratar de cuantificar las heridas, sino para convencer al mundo de que esas heridas existen. Esas estadísticas no son abstracciones. Es fácil decir “las estadísticas; unos las escriben para un lado y otros para el otro”. Es cierto. Pero oigo sobre las violaciones una por una, por una por una por una por una, que es precisamente como suceden. Esas estadísticas no son abstractas para mí. Cada tres minutos una mujer es violada. Cada dieciocho segundos una mujer es golpeada. no tiene nada de abstracto. Está pasando ahora, mientras yo estoy hablando.

Y está pasando por una razón sencilla. No tiene nada de complejo ni de difícil, esa razón. Los hombres lo están haciendo, por el tipo de poder que los hombres tienen sobre las mujeres. Ese poder es real, concreto, ejercido desde un cuerpo a otro cuerpo, ejercido por alguien que siente que tiene derecho a ejercerlo, a ejercerlo en público y en privado. Es la suma y la sustancia de la opresión de las mujeres.

No sucede a miles de kilómetros ni a cientos de kilómetros. Se hace aquí y se hace ahora y se hace a manos de las personas en esta habitación y a manos de otros: nuestros amigos, nuestros vecinos, las personas que conocemos. Las mujeres no tienen necesidad de ir a estudiar para aprender sobre el poder. Solo tenemos que ser mujeres, caminando por la calle o tratando de hacer las tareas de la casa, luego de haber entregado nuestro cuerpo en matrimonio y haber perdido todo derecho sobre él.

El poder ejercido por hombres día a día en la vida es poder institucionalizado. Está protegido por ley. Está protegido por la religión y las prácticas religiosas. Está protegido por las Universidades, bastiones de supremacía masculina. Está protegido por una fuerza policial. Está protegido por aquellos a quien Shelley llamó “los legisladores no reconocidos del mundo”: los poetas, los artistas. Contra ese poder, tenemos silencio.

Es una cosa extraordinaria intentar entender y afrontar el por qué de que los hombres crean – como creen – que tienen derecho a violar. Los hombres pueden no creerlo si se les pregunta al respecto. Levanten la mano si creen que tienen derecho a violar. No va a haber muchas manos levantadas. Es en la vida donde los hombres creen que tienen derecho a forzar sexo, que ellos no llaman con el nombre “violación”. Y es extraordinario intentar entender que los hombres de verdad creen que tienen derecho a golpear y lastimar. Y es igualmente extraordinario intentar entender que los hombres realmente creen que tienen derecho a comprar el cuerpo de una mujer con el propósito de tener sexo:que eso es un derecho. Y es muy asombroso intentar entender que los hombres creen que la industria de siete billones de dólares al año que provee al hombre sus conchas es algo a lo que los hombres tienen derecho. Eso es lo que significa la teoría sobre la supremacía masculina. Significa que podés violar. Significa que podés golpear. significa que podés herir. significa que podés comprar y vender mujeres. Significa que existe una clase de personas que existe para brindarte lo que necesites. Vos seguís más rico que ellas, de modo que tengan que venderte sexo. No solo en las esquinas, sino en los puestos de trabajo. Ese es otro derecho del que podés presumir: acceso sexual a cualquier mujer en tu mundo, cuando quieras.

Ahora, el movimiento masculino sugiere que los hombres no quieren ese poder que yo acabo de describir. De hecho, he oído oraciones enteras explícitamente diciendo eso. Y sin embargo, todo es una razón para no hacer algo tendiente a cambiar el hecho de que tienen ese poder.

Esconderse detrás de la culpa, esa es mi favorita. Me encanta esa. “Sí, es horrible y lo lamento tanto”. Vos tenés tiempo para sentirte culpable. Nosotras no tenemos tiempo para que te sientas culpable. Tu culpa es una forma de connivencia con lo que sigue sucediendo. Tu culpa ayuda a mantener las cosas como están. En los últimos tiempos escuché bastante sobre el sufrimiento de los hombres debido al sexismo. Claro que escuché bastante sobre el sufrimiento de los hombres durante toda mi vida. No hace falta aclarar que leí Hamlet, El Rey Lear. Soy una mujer educada. Sé que los hombres sufren. Este es un nuevo doblez. Implícita en la idea de que este es un tipo de sufrimiento diferente está la idea, creo, de que en parte la razón por la que de hecho ustedes sufren es por algo que saben que le sucede a otras personas. Eso sí sería una novedad.

Pero la mayoría de su culpa, su sufrimiento se reduce a “Uf, nos sentimos tan mal”. Todo hace que los hombres se sientan mal: lo que hacen, lo que no hacen, lo que desean hacer, lo que no desean hacer pero harán de todos modos. Creo que la mayor parte de su sufrimiento es “Uf, nos sentimos realmente muy mal”. Y lamento que se sientan tan mal – tan inútil y estúpidamente mal – porque de alguna manera esta sí es su tragedia. Y no lo digo porque no puedan llorar. Y no lo digo porque no existe la verdadera intimidad en sus vidas. Y no lo digo porque la armadura con la que tienen que vivir como hombres es embrutecedora, y no discuto que lo sea. Pero no lo digo por eso.

Lo digo porque existe una relación entre la forma en que las mujeres son violadas y su socialización para violar y la máquina de guerra que los muele y los escupe: la máquina de guerra por la que pasan ustedes es igual a esa picadora de carne por la que pasa la mujer que Larry Flynt puso en la portada de Hustler. Más les vale creer que ustedes tienen que ver en esta tragedia y que es su tragedia también. Porque son convertidos en pequeños soldaditos desde el día en que nacen y todo lo que aprenden sobre cómo evitar la humanidad de las mujeres se vuelve parte del militarismo del país en el que viven y del mundo en el que viven. También es parte de la economía contra la que tan frecuentemente protestan.

Y el problema es que creés que está ahí afuera. Y no está ahí afuera. Está en vos. Los proxenetas y los belicistas hablan por vos. La guerra y la violación no son tan diferentes. Y lo que hacen los proxenetas y los belicistas es que te hacen sentir tan orgulloso de ser hombres que pueden darle duro y darle fuerte. Y toman esa sexualidad aculturada y te ponen un uniforme y te mandan a matar y a morir. Ahora, no voy a sugerir que yo creo que es más importante eso que lo que ustedes le hacen a las mujeres, porque no lo creo.

Pero creo que si quieren ver lo que este sistema les hace, entonces ahí es donde deben empezar: la política sexual de la agresión, la política sexual del militarismo. Yo creo que los hombres tienen mucho miedo de los demás hombres. Esto es algo que ustedes a veces tratan en grupos pequeños, como si al cambiar las actitudes que tienen para con ustedes, no tendrían miedo uno del otro. Pero en la medida en que su sexualidad tenga que ver con agresión y su sentido de derecho a la humanidad tenga que ver con ser superior a otra gente, y haya tanto desprecio y hostilidad en sus actitudes para con mujeres y niño@s, ¿cómo podrían no tener miedo unos de otros? Creo que su percepción de que los hombres son peligrosos es correcta, porque lo son.

La solución del movimiento masculino de hacer que los hombres sean menos peligrosos para los otros hombres mediante cambiar la manera en que tocan o sienten a otros no es una solución; es una pausa recreativa.

Estas conferencias también tienen que ver con la homofobia. La homofobia es muy importante; es muy importante en lo concerniente a cómo funciona la supremacía masculina. En mi opinión, las prohibiciones contra la homosexualidad masculina existen para proteger el poder masculino. Hacéselo a ella. Es decir, mientras sean los hombres los que violen, es muy importante que se los dirija a violar mujeres. Mientras el sexo esté lleno de hostilidad y exprese tanto el poder sobre la otra persona, como el desprecio por la otra persona, es importantísimo que el hombre no sea des-clasado, estigmatizado como femenino, y usado de manera similar. El poder de los hombres como clase depende de mantener a los hombres sexualmente inviolados y a las mujeres sexualmente usadas por los hombres.

La homofobia ayuda a sostener ese poder de clase: también ayuda a mantenerlos a ustedes como individuos a salvo unos de otros, a salvo de la violación. Si quieren hacer algo contra la homofobia, van a tener que hacer algo al respecto del hecho de que los hombres violan, y que el sexo forzado no es incidental a la sexualidad masculina sino que en la práctica es paradigmático.

Algunos de ustedes están muy preocupados por el crecimiento de la derecha en este país, como si eso fuera algo separado de los asuntos feministas, o el movimiento masculino. Vi una caricatura que lo explica bastante bien. Era un dibujo de Ronald Reagan disfrazado de vaquero con un sombrero grande y un revólver. Decía “Un arma en cada funda, una embarazada en cada casa. Haz de Estados Unidos un hombre otra vez”. Esa es la política de la derecha.

Si tenés miedo sobre el crecimiento del fascismo en este país – y serías muy tonto si no lo tuvieras en este momento- entonces te conviene entender que la raíz de este asunto tiene que ver con la supremacía masculina y el control de las mujeres; el acceso sexual a las mujeres, las mujeres como esclavas reproductoras, las mujeres como propiedad privada. Ese es el programa de la derecha. esa es la moralidad de la que hablan. Eso es a lo que se refieren. Eso es lo que quieren. Y la única oposición a ellos que importa es la oposición a que los hombres sean dueños de las mujeres.

¿Qué implica hacer algo sobre todo esto? El movimiento masculino parece estar estancado en dos puntos. El primero es que los hombres realmente no se sienten muy bien consigo mismos. ¿Cómo podrían? El segundo es que los hombres se me acercan, a mí o a otras feministas y dicen: “Lo que ustedes dicen de los hombres no es cierto. En mi caso no es cierto. Yo no me siento así, yo estoy en contra de todo eso”.

Y yo digo: “No me digas a mí. Decíselo a los pornógrafos. Decíselo a los fiolos. Decíselo a los belicistas. Decíselo a los que hacen apología de la violación y los que celebran las violaciones y los ideólogos a favor de la violación. Decíselo a los novelistas que creen que la violación es maravillosa. Decíselo a Larry Flynt. Decíselo a Hugh Hefner. No tiene ningún sentido que me lo digas a mí. Yo soy solamente una mujer. No hay nada que yo pueda hacer al respecto. Estos hombres se jactan de hablar en tu nombre. Están ahí, públicamente diciendo que te representan. Si no es así, te conviene hacérselo saber.

Luego está el mundo privado de la misoginia:lo que saben sobre ustedes mismos, lo que dicen en la vida privada; la explotación que ven en la esfera privada, las relaciones llamadas “amor” basadas en la explotación. No es suficiente encontrarse con una feminista que anda de paso y decirle “Uff, odio todo esto”.

Decíselo a tus amigos que lo hacen. Y hay calles ahí afuera en las que podés decir estas cosas fuerte y claro, de modo de afectar las instituciones muy reales que sostienen estos abusos. ¿No te gusta la pornografía? Desearía poder creer que es cierto. Lo voy a creer cuando los vea en la calle. Lo voy a creer cuando vea oposición política organizada. Lo voy a creer cuando los fiolos se queden sin negocio porque ya no hay consumidores masculinos.

Ustedes quieren organizar hombres. No necesitan buscar los temas. Los temas son parte del tejido de sus vidas diarias.

Quiero hablar sobre equidad, lo que es y lo que significa. No es solo una idea. No es una palabra insípida que termina siendo puro verso. No tiene nada que ver con todas esas declaraciones, del tipo “Uy, pero eso también le pasa a los hombres”. Nombro un abuso y oigo “Uy, le pasa a los hombres también”. Esa no es la igualdad por la que luchamos. Podríamos cambiar la estrategia y decir “bueno, está bien, queremos igualdad: vamos a meterle algo en el culo a un hombre cada tres minutos”.

Nunca oyeron algo así del movimiento feminista, porque para nosotros la igualdad tiene importancia y dignidad reales- no es una palabra idiota que puede torcerse y hacer que se vea estúpida sin ningún significado real.

Como forma de practicar la igualdad, una idea vaga sobre entregar el poder es inútil. Algunos hombres tienen algunas nociones, vagos pensamientos sobre un futuro en el que los hombres van a entregar el poder o un hombre individual va a entregar algún tipo de privilegio de los que tiene. Eso tampoco es lo que significa igualdad.

La igualdad es una práctica. Es una acción. Es una forma de vivir. Es una práctica social. No puede existir en el vacío, aislada. No podés tenerla en tu casa si, cuando la gente sale de la casa, está en un mundo su supremacía basada en la existencia de su pija y ella está en un mundo de humillación y degradación porque se la percibe como inferior y porque su sexualidad es una maldición.

Esto no quiere decir que el intento de practicar la igualdad en el hogar no importa. Importa, pero no es suficiente. Si amás la igualdad, si creés en ella, si es la forma en la que querés vivir – no solo los hombres y mujeres juntos en una casa, sino los hombres y los hombres juntos en una casa, y las mujeres y las mujeres juntas en una casa – si la igualdad es lo que querés y lo que te importa, entonces tenés que luchar por las instituciones que la hagan socialmente real.

No es un tema de tu actitud. No podés pensarla y hacerla existir. No podés probar a veces, cuando funciona a tu favor, y tirarla a la basura el resto del tiempo. La igualdad es una disciplina. Es una manera de vivir. Es una necesidad política el crear igualdad en las instituciones. Y lo otro sobre la igualdad es que no puede coexistir con la violación. No puede. Y no puede coexistir con la pornografía o con la prostitución o con la degradación económica de la mujer a ningún nivel. No puede coexistir, porque en todas esas cosas está implícita la inferioridad de las mujeres.

Quiero ver a este movimiento masculino comprometerse a terminar con la violación porque ese es el único compromiso significativo hacia la igualdad. Es increíble que en todos nuestros mundos de feminismo y anti-sexismo nunca hablamos en serio sobre terminar con la violación. Terminarla. Detenerla, No más. No más violación. En el fondo de nuestra mente, ¿estamos aferrándonos a su condición de inevitable como la última reserva de lo biológico? ¿Creemos que siempre va a existir no importa lo que hagamos? Todas nuestras acciones políticas son mentiras si no nos comprometemos a terminar la práctica de la violación. Este compromiso tiene que ser político. Tiene que ser serio. Tiene que ser sistemático. Tiene que ser público. No puede ser autocomplaciente.

Las cosas que el movimiento masculino ha querido han sido cosas que vale la pena querer. Vale la pena tener intimidad. Vale la pena tener ternura. Vale la pena tener cooperación. Vale la pena tener una vida emocional real. Pero no las podés tener en un mundo con violación. Terminar con la homofobia vale la pena. Pero no lo podés hacer en un mundo con violación. La violación es un obstáculo para cada una de las cosas que decís querer. Y por violación saben a lo que me refiero. No hace falta que venga un juez acá y diga que de acuerdo al artículo tal y tal estos son los elementos probatorios. Estamos hablando de cualquier tipo de sexo forzado, inclusive sexo forzado debido a la pobreza.

No podés tener igualdad ni ternura ni intimidad mientras siga habiendo violación, porque violación quiere decir terror. Quiere decir que parte de la población vive en un estado de terror y finge – para agradarte y pacificarte – que no es así. Entonces no hay sinceridad. ¿Cómo podría haberla? ¿Podés imaginarte lo que es vivir como mujer día tras día con la amenaza de la violación? ¿O lo que es vivir con esa realidad? Quiero verlos usar esos cuerpos legendarios y esa fuerza legendaria y esa valentía legendaria y la ternura que dicen tener en nombre de las mujeres; y eso significa contra los violadores, contra los fiolos, contra los pornógrafos. Significa algo más que una simple renuncia personal. Significa un ataque sistemático, político, activo y público. Y no ha habido mucho de eso.

Vine hoy porque no creo que la violación sea inevitable ni natural. Si lo hiciera, no tendría motivo para estar acá. Si lo hiciera, mi práctica política sería diferente de lo que es. ¿Alguna vez se preguntaron porque no estamos simplemente en combate armado contra ustedes? No es porque haya escasez de cuchillos de cocina en el país. Es porque creemos en su humanidad, contra toda la evidencia.

No queremos hacer el trabajo de ayudarlos a creer en su propia humanidad. No podemos hacerlo más. Siempre lo hemos intentado. Hemos recibido como pago explotación sistemática y abuso sistemático. Van a tener que hacer esto ustedes mismos de ahora en adelante y ustedes lo saben.

La vergüenza de los hombres frente a las mujeres es, creo, una respuesta apropiada tanto para lo que los hombres sí hacen como para lo que no hacen. Yo creo que deberían sentir vergüenza. Pero lo que hacen con esa vergüenza es usarla como excusa para seguir haciendo lo que quieran y seguir sin hacer ninguna otra cosa. Y tienen que parar. Tienen que parar. Su psicología no importa. Cuánto les duele no importa más que cuánto nos duele a nosotras. Si nos sentáramos y únicamente habláramos sobre cuánto nos duele la violación, ¿creen que hubiera habido uno solo de los cambios que han visto en este país en los últimos quince años? No hubiera pasado. Es cierto que tenemos que hablar entre nosotras. Si no, ¿cómo íbamos a descubrir que cada una de nosotras no es la única mujer en el mundo que no se lo estaba buscando  y que igual sufrió violación o maltrato? No podíamos enterarnos por la prensa en ese entonces. No podíamos leer al respecto. Pero ahora lo saben, ustedes lo saben y la pregunta es qué van a hacer; y por ende, su vergüenza y su culpa no son el tema de esto. No nos importan para nada. No alcanzan. No hacen nada.

Como feminista, llevo conmigo la violación de todas las mujeres con las que he hablado en los últimos diez años. Como mujer, llevo mi propia violación conmigo. ¿Vieron esos cuadros de ciudades europeas durante la peste, con carros que pasaban y la gente salía y tiraba los cadáveres en el carro? Bueno, así es saber sobre violaciones. Pilas y pilas y pilas de cuerpos que tienen vidas enteras y nombres humanos y rostros humanos.

Hablo por muchas feministas, no solamente por mí cuando les digo que estoy cansada de lo que sé y triste más allá de las palabras sobre lo que se le ha hecho a las mujeres hasta ahora, hasta ahora, a las 2:24pm de este día, acá en este lugar.

Y quiero un día de descanso, un día libre, un día en que no se apilen nuevos cuerpos, un día en que no se agregue nueva agonía a la vieja y les pido a ustedes que me lo den. ¿Cómo puedo pedirles menos que eso? Es algo tan pequeño. Aun en las guerras hay días de tregua. Vayan y organicen una tregua. Paren de su lado por un día. Quiero una tregua de 24 horas en las que no haya violación.

Los desafío a que lo intenten. Les exijo que lo intenten. No me molesta rogarles que lo intenten. ¿Qué otra cosa podrían estar haciendo acá? ¿Qué otra cosa puede significar este movimiento? ¿Qué otra cosa podría importar tanto?

Y ese día, el día de la tregua, ese día en que ninguna mujer sea violada, empezaremos la verdadera práctica de la igualdad, porque no podemos empezarla antes de ese día. Antes de ese día no quiere decir nada porque no es nada; no es real, no es cierta. Pero ese día se hace real. Y entonces, en lugar de violación, por primera vez en nuestras vidas – hombres y mujeres- experimentaremos libertad.

Si tienen una noción de libertad que incluye la existencia de la violación, están equivocados. No pueden cambiar lo que dicen querer cambiar. Yo quiero experimentar solo un día de verdadera libertad antes de morir. Los dejo para que hagan eso por mí y por las mujeres que dicen amar.


“Quiero una tregua de 24 horas en las que no haya violación”,” publicada originalmente con el título “Hablando a hombres sobre violación”,” en Out!, Vol. 2, No. 6, abril 1984; luego bajo este título en M., No. 13, Fall 1984. Copyright © 1984 por Andrea Dworkin. Todos los derechos reservados.

Traducción: Lenina D’Aca.

Acá no hay niñas ni buenas ni malas.

Durante el breve pero intensísimo proceso que llevó a la primera edición de La Marcha de las Putas – SlutWalk en Uruguay, hubo muchas cosas que se movieron. Hubo spammers, trolls, insultadores, ofendidos, preguntas, madrugadas, adhesiones, llantos, nervios, confesiones y testimonios. Y casi a último momento, llegó esto.

No hubo tiempo para incluirlo en el texto que leímos, pero fue compartido por teléfono y por mail por el equipo que organizó. Y nos hizo llorar a muchos. Por muchas cosas.

A mí me hizo llorar por tres razones fundamentales: la primera, por la pena que me da esa nenita de 14 años aprendiendo lo peor de la vida en 5 minutos. Y teniendo que callarlo por 8 años. La segunda, porque cuando leí pensé que había una diferencia entre los motivos que me llevaron a mí a la marcha y los de esta nena. Porque pensé “pobrecita, ella sí que no se lo buscó, como yo. Esta es una nena bien”. Y cuando me di cuenta que estaba pensando eso, me di cuenta que yo también creía que mis abusos estaban no justificados, pero explicados, por mi edad, actitud, comportamiento, etc.  Y lloré mucho, por esa otra nena que fui yo.

Y la tercera, que es lo mismo que la primera y la segunda, porque esta nena somos todas. Porque esa dicotomía entre santa y puta no existe. Porque seas alta, baja, joven, con ortodoncia, calladita, escandalosa, anoréxica, rellenita, metalera o bailarina de tap, es demasiado más probable de lo que debería que alguien alguna vez te va a hacer algo feo, solo porque existís y porque sos mujer.

Esta carta no llegó a ser leída en la Marcha, entre otras cosas porque hubo quienes consideraron que hacer llorar no era la idea, que nos hacía parecer débiles, que había que hacer algo diferente, que había que mostrarnos diferentes. Yo ya no tengo nada que ver con esa movilización así que no hay motivo para que diga nada sobre ese particular.

Yo creo que esta carta y el llanto que cause a cualquiera que tenga sangre en las venas no tiene nada de débil, ni de pesimista, ni nada de eso. Esta carta no puede ser más simple y no puede ser más cierta. Y no puede ser más terrible ni más esperanzada. Porque estoy segura que todas tenemos historias así, más o menos largas, más o menos  cinematográficas, más o menos curadas, pero todas iguales en algo; años después, seguimos pensando que hicimos “algo mal”.

Y lo único mal que podemos hacer es seguir viviendo así.

Aquí la carta de que no leímos. La que podíamos haber escrito todas.

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En algunos comentarios al respecto de la marcha he visto que proponen que las víctimas de abuso se sentirían ofendidas por el nombre del movimiento, dicen “Imagínense como se sentiría una muchacha abusada cuando lee esto”. Bueno, yo fui una víctima de abuso sexual y en esta propuesta he encontrado una luz que me está guiando al final de un túnel que hasta hoy, parecía eterno.

Quizá muchos piensen que es condenable hablar de esto en público porque “Pensá en tu futuro nena, ¿que va a decir la gente?”, pero es que realmente estoy cansada de esconderme tras una máscara de vergüenza, de culpa, de angustia y del maldito “¿Qué dirán?”. Por primera vez en 8 años quiero hablar del tema y quiero compartir mi historia, esperando que le sirva de algo a alguien más que esté en la misma situación.

Cuando tenía 14 años estaba en la casa de una amiga en una fiesta y había tomado bastante alcohol (porque en el interior no controlaban tanto en esa época a quién le vendían esas cosas). Fui adentro y me recosté cerca de la estufa porque todo me daba vueltas, en ese momento se acercó un muchacho con el que yo había “estado” (que en ese momento para mi significaba lo que significa ahora apretar) y comienza a besarme, yo no tenía muchas ganas pero tampoco tenía mucha fuerza para decirle que no. Empezó a caminar y llevarme junto con el en dirección al cuarto de los padres de mi amiga, le dije “No” con una voz suave, entonces nos metió al baño. Se sacó el pantalón, me lo sacó a mi, me puso de espaldas contra la pared, se puso un condón y entonces tuve mi primera relación sexual (aunque ahora pienso que él la tuvo por mi).

Me puse a llorar y le dije que no varias veces, que me dejara sin que él me hiciera caso hasta que retomé fuerzas y lo empuje diciéndole que por favor se fuera y me dejara sola. Accedió. Estuve un rato largo llorando hasta que mi amiga se decidió a ir a buscarme. No le dije nada, pero cuando salimos de la casa el ya le había contado a todos los que estaban afuera su versión de lo que había pasado. Me chiflaron y gritaron cosas como que era de “esas”, de las “fáciles”.

Me fui a casa con otra de mis amigas y cuando llegamos le conté lo sucedido, hasta hoy me acuerdo de lo que me dijo “Bueno, pero si entraste con el ahí era porque te gustaba y porque querías que te cogiera, no le podés decir que no. Ahora Jodete por puta.”.

Desde entonces decidí no decir nada y asumir la culpa que me correspondía, alguna vez se lo comenté a alguien que me dijo “Bueno, pero eso no es exactamente una violación”, y entonces comencé a excusarlo así cuando se lo comenté al siguiente alguien. Hasta hoy me cuesta asumir que esa decisión se tomó por mi y que yo no tengo la culpa, es más, aun ahora, tengo mis serias dudas mientras escribo esto.

La sociedad nos ha enseñado que todo lo que decimos será usado en nuestra contra y será reflejado tanto en el trato especial, el desprecio, la pena o la condena. Hablar no es bueno porque te convierte en un pobrecito. Las víctimas de abuso no somos pobrecitos cuando rompemos el círculo, dejamos de serlo cuando empezamos a hablar, cuando se nos escucha y comprende; pero principalmente cuando todos gritan a nuestro lado ¡NO es NO!

Más allá de los tecnicismos que han llevado a discusiones interminables, esta marcha con todo y su nombre controversial, es lo único que hasta ahora me ha dado el poder de hablar, lo que me hizo vomitar todo el asco que siento por estas situaciones reproducidas en las palabras groseras, crueles y denigrantes, de cada monstruo que te agrede al pasar por su lado en la calle.

Con esta declaración no pretendo salvar al mundo, ni considerarme un mártir, solo aportar mi experiencia como lo han hecho otros.

Ya no quiero callarme ni cargar con esta cruz, quiero que se convierta en un arma para mí y para todos en la lucha por el respeto, la tolerancia y la comprensión. Quiero dejar de sentirme culpable porque hayan abusado de mi cuando todavía era una niña.

Esta semana he llorado como nunca y he encontrado en otros que también marchan por la misma causa palabras que hacen que cada vez deje ir el sentimiento de culpabilidad que me aqueja pero es muy difícil. Cuando las cosas están marcadas a fuego en el alma es complicado que sanen solas, hace 8 años que sufro por esto en silencio pero hoy es hora de romperlo.

Quisiera agradecer a la persona que comunique mi mensaje con el mundo y terminar esta suerte de confesión con una línea de la película La fuente de las mujeres: ¿Por qué he de velarme, ocultarme? ¿Porque soy objeto de deseo? ¿Espíritu de Satán? Si tu padre no me hubiera deseado tu no estarías aquí. En la antigüedad se aconsejaba el velo para distinguir a las mujeres virtuosas de las mujeres esclavas, para respetaras. En otras épocas, la mujer no velada era una esclava, fácil de poseer. Hoy no hay más esclavas. Todas las mujeres son libres. ¡Y ninguna mujer, oye bien, debe ser fácil de poseer! Y si el hombre desea a la mujer que sea voluntad de Allah. Pero no debe volvernos esclavas ni cubrirnos. Y todo eso para ahogar sus deseos. ¡Cierren ustedes los ojos! Dominen sus impulsos, conserven el control, velen sus ojos, no nuestros rostros. ¡Despiértense! Si ellos son ciegos entonces miren por los dos. Levanten sus cabezas, como banderas ¡si no quieren terminar devoradas!

Violaciones correctivas de lesbianas: ‘Vamos a enseñarte una lección’

artículo original: http://www.elmundo.es/elmundo/2011/03/25/solidaridad/1301053048.htmlImage

“Te vamos a enseñar una lección”. Esas son las primeras palabras que Ndumi Funda, directora de la ONG Luleki Sizwe explica que escuchan las víctimas de las conocidas como ‘violaciones correctivas de lesbianas’. Una macabra clase de masculinidad para “enseñar que son mujeres, no hombres”. Tras la violación, en muchas ocasiones, llega el Sida, el rechazo social, el desprecio de la policía y la muerte. Un susurro mortal que “sentimos cada día como una amenaza constante”.

Ndumi lidera un movimiento social con otras ONG sudafricanas que han conseguido llegar hasta el mismo Parlamento. Con la ayuda, entre otras, de la organización estadounidense change.org han llevado hasta el despacho del ministro de Justicia 176.000 firmas recogidas en 163 países.“Es la campaña internacional de recogida de firmas más importante de la Historia de Sudáfrica”, explica Benjamin Joffe-Walt, responsable de comunicación de la campaña. Eso sí, menos de un 2% de las firmas son sudafricanas.

“El ministro ha prometido cambios inminentes y ayudas personalizadas a las víctimas. Hay una nueva reunión en cuatro semanas para aclarar propuestas”, anuncia Benjamin.

La importancia del nombre en África

‘Creé esta organización después de que mi pareja fuera violada por cinco hombres y acabara muriendo de Sida’

Ndumie ha sido también víctima de las violaciones. No directamente, lo fue su pareja. “Creé la ONG en 2008 para luchar contra la violencia que sufren las lesbianas en los township de Ciudad del Cabo (barriadas hacinadas de gente que vive en condiciones miserables a las afueras de la ciudad), tras ver morir a mi novia en 2007”, recuerda. “Sizwe (su pareja) fue violada por cinco hombres que pretendían corregir su desviada conducta. Al principio no dijo nada, ni a sus padres. Luego confesó la violación por la que se infectó de Sida, y acabó muriendo por una meningitis. Fue una historia muy triste”.

Antes, en 2005, prosigue Ndumie, “Luleki era una conocida lesbiana que no escondía su sexualidad. Trabajaba para la comunidad, luchando contra la violencia que sufren las mujeres y ayudando a la gente más pobre. Un día fue violada por su primo, que explicó que lo hizo para ‘enseñarla que no era un hombre’. Murió tras contraer el Sida”, recuerda. “En África los nombres son muy importantes, por eso el nombre de esta organización lleva el de ambas”.

Pero la pesadilla de una lesbiana violada no termina con la agresión. El rechazo de la sociedad y la policía, junto a un más que probable contagio del Sida, son los siguientes pasos. “La Policía es muy homófoba. En muchas ocasiones la lesbiana va a denunciar y ni siquiera es escoltada para volver a su casa. Tiene que esperar aterrorizada en la parada del autobús o compartir minibús con sus violadores”, denuncia Ndumie. Muchas, de hecho, optan por ni siquiera denunciar los hechos.

“Hubo diez denuncias en una semana y la Policía no hizo nada. En los últimos dos años han muerto más de diez lesbianas violadas”, recuerda, mientras comienza a contar en voz alta sus nombres.

Rechazo de abogados, médicos, familias

‘La Policía es muy homófoba. En muchas ocasiones la lesbiana va a denunciar y ni siquiera es escoltada para volver a su casa’

Hay un evidente rechazo social al problema. “Los violadores forman parte de nuestros barrios. Los agentes los conocen y prefieren no detenerlos. Las familias rechazan en muchos casos a las hijas, hermanas… que declaran su homosexualidad. Los testigos y médicos no acuden a los juicios, los abogados no quieren defenderlas, lo que hace que sea un proceso interminable”.

Su día a día es parecido. “Yo nunca entro en un bar de los township, sé que corro peligro. Si hacemos una reunión es en una casa, encerradas, yninguna sale a la calle a partir de las ocho de la tarde“.

Luego llega la enfermedad. “Muchos de los violadores son ex convictos que han sido violados en la cárcel. Tienen Sida, lo que acaba siendo una sentencia de muerte para nosotras”. El rechazo se extiende también a sus hijos. “Muchas tenemos hijos y si en la escuela se enteran que su madre es lesbiana son apartados”.

Sin embargo, la campaña ha abierto una nueva puerta a la esperanza. “Trabajamos en una asociación que tiene 350 mujeres. Tenemos dos equipos de fútbol y estamos creando uno de rugby. Hacemos obras de teatro y empezamos a perder el miedo a salir a la calle. La gente viene a vernos”.

‘Las familias rechazan a sus hijas, hermanas… Los testigos y médicos no acuden a los juicios..’

¿Qué le pides al ministro? “Una nueva legislación que califique la violación de lesbianas como un agravante, protección policial y ayudas a las víctimas. Les votamos para que nos protejan, no para que nos olviden”, concluye.

Lo curioso es que Sudáfrica tiene una legislación especialmente dura contra las violaciones, una lacra social, y fue el primer país africano en legalizar el matrimonio homosexual y en penar la discriminación sexual. La presión internacional ha conseguido que las voces de las víctimas sean ahora escuchadas en el Parlamento.

Por qué fui a la Marcha de las Putas

Porque a los 12 años un tipo me dijo que me quería y me puso la pija en la boca. Y yo pensé que me estaba “cuidando” porque no me había cogido.

Porque en el secundario me decían que era una puta. Era virgen. Solo leía más libros que las demás, hablaba de más cosas que las demás, usaba otra ropa que las demás.

Porque tuve un novio que me decía “vení, putita”. Y yo iba.

Porque crecí pensando que era demasiado flaca, demasiado fea, demasiado loca, demasiado puta, y ahora que soy demasiado gorda, y sigo demasiado loca y demasiado puta veo fotos de ese entonces y me doy cuenta que era preciosa.

Porque mi primera vez duró 6 segundos y fue solo un dolor inmenso y sábanas manchadas que tuve que lavar porque era la casa de él y su madre no podía ver eso. Por haberlo hecho, me gané más nombretes de “puta” entre mis “amigas”.

Porque más de una vez un tipo me cargoseó y cargoseó hasta que accedí a dormir con él. Y no quería. Pero a veces tenía miedo a que se enojaran, a veces tenía miedo a que no me quisieran, a veces pensaba que era lo menos que podía hacer yo si les había “dado pie” para que se me tiraran arriba. Porque quién me manda ser tan puta.

Porque cuando quedé embarazada a los 17 no estaba segura de quién era el padre.

Porque cuando me di cuenta quien era, no le dije nada porque era alguien más grande que yo, más importante que yo en el lugar donde estaba y yo iba a quedar como una estúpida que cometió ESE error. Porque cuando se enteró que estaba embarazada, se hizo el bobo.

Porque cuando aborté, se supo que efectivamente era una puta. Las decentes no se embarazan y si se embarazan, los tienen.

Porque un ex me dijo que era una asesina. Y tenía razón. Pero al mismo tiempo no la tenía. Y porque lo último que pensé antes de dormirme por la anestesia fue “acá me voy a morir porque esto es una casa y esta vieja no sabe nada. Y bueno, me la banco, al fin y al cabo, me lo busqué por puta”. Y pudo haber sido mi último pensamiento en la vida.

Porque tuve amigas que quise tanto que me acosté con ellas. Porque a veces las extraño.

Porque estuve años con un tipo que organizaba orgías creyendo que por participar era más libre que las que me decían puta. Aunque muchas veces me sentía mal.

Porque en un trabajo un tipo me hizo llevarle un café y cerrar la puerta. Y cuando dije que no, me echó. Y mis amigos me dijeron que era natural que él se hubiera confundido porque yo era muy “confianzuda” y usaba pollera muy corta.

Porque cuando no me decidía si quería estar con mujeres o con hombres, pensaba que era solo “cosas de puta” para llamar la atención. Y porque los hombres pensaban que les contaba eso para regalarles a ellos una “fiestita”.

Porque de niña, un familiar me manoseó, y yo pensé que seguramente yo me lo había inventado de puro mal pensada que era, de puro puta.

Porque a veces me gusta tanto coger que no quiero parar en todo el día. Y me parece que eso es “de puta”.

Porque me daba culpa que con ellos no podía alcanzar el orgasmo y conmigo sí.

Porque no sabía que a ellos no les importaba si llegaba o no, salvo por su ego de macho.

Porque cuando salía de mi casa, me decían que así me iban a violar, por andar tan provocativa.

Porque me acostumbré tanto a que me gritaran groserías por la calle, que cuando me las dejaron de gritar pensé que era fea y vieja.

Porque cuando perdí un embarazo pensé que era un castigo por puta, por haber abortado de chica.

Porque me gusta pensar y opinar y más de un hombre que me ha querido coger me ha dicho que eso era algo masculino, “una cosa medio lésbica, tanguera”, dijo. Y sonaba como un defecto.

Porque en todos mis años nunca jamás conocí a nadie “decente” cuando lo mirás de cerca.

Porque digo palabrotas y digo cosas personales en medio de temas “serios”. Como acá. Y la gente se escandaliza.

Porque a veces me gusta mucho mucho coger, y a veces no me gusta nada. Y eso no debería tener nada de malo.

Porque no tengo nada de raro. Porque esto le pasa a todo el mundo. Porque una de cinco mujeres sufre algún tipo de abuso sexual antes de los 30. Eso es mucha gente.

Porque tengo hijos. Y merecen no crecer como abusadores ni abusadas.

“Yo quería sexo, pero no así”

artículo en: http://www.eldiario.es/sociedad/queria-sexo_0_72093264.htmlImage

La ‘primera vez’ de Blanca fue una violación, pero le costó años reconocerla como tal. Tenía 17 años y ligó con un compañero de clase en una fiesta de fin de curso. El chico le gustaba, y se sentía preparada para tener sexo con él. Pero en un momento dado su actitud le desagradó, y le pidió que parara. Él, lejos de atender sus ‘no’, la empotró contra la pared, le tapó la boca y la forzó. Ella respiró hondo e intentó relajarse para no sufrir lesiones. Se lo contó a sus amigas sin darle mayor importancia: que había tomado dos cervezas y se dejó hacer. Después de nueve años y dos relaciones de pareja marcadas por las humillaciones y los abusos, fortalecida por la terapia y el contacto con el feminismo, Blanca se reconoció como una mujer violada y lloró por primera vez.

Cuando escuchamos la palabra ‘violación’, nos imaginamos una escena muy distinta: una joven camina sola de noche, un desconocido la asalta y la fuerza brutalmente. “Las agresiones sexuales que no se asimilan a ese imaginario de violaciones de película se normalizan, se las considera ‘otra cosa’, o se culpa a la víctima (que le provocó, que no dijo que no con la suficiente insistencia…)”, alerta la psicóloga especialista en violencia de género, Norma Vázquez. El ‘ligoteo’ es uno de los contextos en los que más agresiones sexuales se dan, apunta, pero a las mujeres les cuesta identificarlas como tales, puesto que ellas querían en un primer momento trabar relación o mantener un intercambio sexual.

Agresores conocidos

Vázquez dirige la consultaría Sortzen, responsable del estudio ‘Agresiones sexuales. Cómo se viven, cómo se entienden y cómo se atienden’, publicado por la Dirección de Atención a Víctimas de Violencia de Género del Gobierno vasco, que revela que la mayoría de agresiones sexuales reportadas en 2009 ocurrieron de noche, pero la mitad tuvieron lugar en un domicilio (no se precisa si en el del agresor o de la víctima). La edad de la mayoría de las víctimas y de los agresores era de 26 a 35 años. El 60% de los agresores emplearon la violencia física, pero sólo el 9% amenazaron con un arma blanca.

En Bizkaia, en el 86% de los casos había relación previa entre la víctima y el desconocido; cifra que se queda en el 53% en Gipuzkoa, mientras que en Álava todos los agresores eran desconocidos. “Los datos nos muestran las características de las agresiones sexuales que se denuncian, no de las que ocurren”, se matiza en el informe.

En Castilla y León, la Asociación de Asistencia a Víctimas de Agresiones Sexuales y Violencia de Género, Adavas, confirma que, según sus datos, tan sólo son 12-15% de todos los delitos sexuales son asaltos de desconocidos. En la mayoría de casos, “el agresor sexual se prevale de la cercanía con la víctima para perpetrar sus ataques: la propia pareja o ex pareja, o los familiares, cuidadores en el caso de menores, en los que la víctima no denuncia porque piensa que no le van a creer”, explica Manuela Torres , abogada de Adavas.

El límite del consentimiento

Lo que le ocurrió a Blanca es, según el informe del Gobierno vasco, uno de los casos más habituales: una mujer conoce a un hombre con el que le apetece tener un encuentro, en un momento se siente a disgusto o no le gusta el rumbo que toma la situación, y él la presiona o fuerza a seguir.

Para la realización del estudio se contó con los testimonios de alrededor de 70 mujeres a través de grupos de discusión. Muchas reconocieron no tener claro qué se puede considerar como agresión sexual. Por ejemplo, la mayoría no identificaban como tal que el hombre se niegue a usar preservativo. En el informe se alerta de que la actitud masculina tan extendida y normalizada de insistir y presionar para tener sexo, hace que las mujeres acepten esa conducta “como algo consustancial a salir de fiesta”.

Norma Vázquez responde que el límite es “la coacción: si hay presiones, si el hombre no ha respetado el ‘no’ de la mujer”. Pero reconoce que, a menudo, cuando el agresor es conocido, la línea que separa una relación consentida de una forzada es difusa. “Hay mujeres que empiezan diciendo que no, pero que ceden por la presión, el chantaje, o por evitar males menores, como el miedo a la violencia física. Esas mismas mujeres a menudo no lo consideran violencia, porque se quedan con que finalmente aceptaron o con que ellas lo buscaron”.

La psicóloga lamenta que la sociedad no entienda por qué una mujer no se opone con firmeza a una relación sexual no deseada, y que la pregunta sea esa en vez de cuestionar por qué muchos hombres siguen sin aceptar la primera negativa. “Decir que no, mantenerlo y defenderlo cuesta”, recuerda.

Vergüenza y culpa

“Sentí culpa y vergüenza”, relata Blanca. “Porque yo había decidido que quería tener relaciones, yo había decidido que quería irme con ese chico. Hasta le había dejado que me bajase las bragas. Sentía que yo me lo había buscado y que no tenía derecho a echarme atrás en el último momento. Me sentía tonta”, reconoce.

Haber bebido, haber salido de casa con ganas de un revolcón o no haber sabido dar un ‘no’ contundente son algunos de los elementos por los que las víctimas se sienten responsables de lo que les ocurrió, destaca la psicóloga. Si la sociedad transmite a las mujeres que son ellas las que tienen que protegerse y limitarse para no ser agredidas, cuando esto ocurre, su primera reflexión no apela al agresor (¿por qué ha agredido?) sino a la víctima (¿por qué se metió en esa situación?).

Incluso las participantes del estudio que afirmaron no vivir la agresión con culpa, admitieron que sentían que habían dado pie a ello. Por ello, uno de los ejes principales en la atención que brinda Adavas en Castilla y León a las víctimas de agresiones sexuales es transmitirles “que no han tenido la culpa de lo que les ha sucedido y que una agresión comienza cuando se transgrede la barrera del no y se daña así la libertad sexual de una persona”, señala la abogada de la asociación.

Pero una vez superado el sentimiento de culpa, persiste el miedo a ser juzgadas. Las participantes en el estudio del Gobierno vasco opinaron que la sociedad y la justicia tienden a señalar a las mujeres más que a los agresores. Un caso claro que se citó en los grupos de discusión fue el asesinato (homicidio, según la condena) de Nagore Laffage en las fiestas de San Fermín a manos de un psiquiatra del hospital en el que trabajaba, José Diego Yllanes. Pese a que el caso conmocionó a la ciudadanía vasca y navarra, dos preguntas flotaron en el aire en todo momento. ¿Si no quería sexo, para qué subió a casa de Yllanes? ¿Y qué hizo ella para que un tipo tan respetable se volviera loco y la asesinase?

Cuesta denunciar

De las más de 70 mujeres entrevistadas para el estudio, Norma Vázquez destaca que ninguna había denunciado las agresiones sexuales sufridas: “Nos decían cosas como: ‘Yo no me veo explicando al fiscal, al juez, a la médica… que sólo quería un magreo, o que él se puso violento y me dio miedo, o que no supe decir que no a tiempo’. Denunciar lo que está en el limbo de ‘yo sí quería pero no tanto’ es dificilísimo. Es la pescadilla que se muerde la cola: se denuncian las agresiones que más cumplen con el estereotipo de asalto con violencia”.

Blanca admite que si hubiera sufrido esa agresión ahora, tampoco hubiera denunciado. “¿Qué pruebas presentaría? Traté de relajarme en vez de oponer resistencia, por lo que no me desgarró la vagina, no me golpeó ni me rompió la ropa. ¿Por qué me iban a creer?”.

Conseguir pruebas es mucho más complicado cuando no se trata de un asalto con violencia por parte de un desconocido, reconoce Torres, pero señala que existe múltiple jurisprudencia de que en esos casos el testimonio único de la víctima puede ser tenido en cuenta como prueba suficiente, “ya que de lo contrario la mayoría caería en la más absoluta impunidad”. Pero para ello hay que cumplir ciertos requisitos: que no exista interés espurio para denunciar o una enemistad previa, que el testimonio de la víctima sea verosímil y coherente.

Pero según Vázquez, uno de los principales motivos por los que se descarta interponer una denuncia es porque “sienten que tienen que exponer su sexualidad, admitir ante diferentes personas que iban a acostarse con un desconocido y que cuando les dio mal rollo no pudieron parar la situación”. Y esto no ocurre sólo con las jóvenes, sino que las mujeres mayores “también salen de marcha, también se quieren enrollar con gente”, y eso es difícil de contar en un juzgado. Por ello, la psicóloga defiende la importancia de denunciar para romper con la impunidad, pero entiende que “el desgaste y la exposición que supone el proceso” las frene, y por ello reclama centrar las respuestas institucionales y sociales en brindar acompañamiento a las víctimas.

La abogada de Adavas confirma que “si la víctima cuenta con apoyo profesional especializada desde el inicio, la respuesta penal suele ser adecuada al daño ocasionado”. Como prueba, señala que el 73% del total de agresiones sexuales denunciadas por la asociación entre 2010 y 2011 terminaron en una sentencia condenatoria; menos del 10% de los agresores fueron absueltos, y en el resto de los casos no se llegó a juicio, generalmente por falta de pruebas. Eso sí, en 2010-2011 una media del 40% no quiso interponer denuncia, sobre todo por miedo a que no les crean. La abogada considera que, incluso cuando han pasado años desde la agresión (pone como ejemplo los abusos sexuales en la infancia), conviene denunciar si la persona lo desea, “porque ayuda a superar el episodio, porque el abusador debe tomar conciencia de lo que hizo, y puede servir de protección tanto a la víctima como a otras posibles víctimas”.

La asociación brinda asistencia gratuita las 24 horas del día a través de un servicio de emergencias, en coordinación con las demás instituciones. Se trata de una atención integral con perspectiva de género por parte de un equipo formado por psicóloga, abogada, trabajadora social, musicoterapeuta para menores y voluntariado, cuya prioridad es que la víctima supere el trauma, que no sienta culpa y que se sienta apoyada y comprendida en la toma de decisiones. Además, la organización realiza actividades de sensibilización y denuncia, bajo la premisa de que debe haber “una respuesta social adecuada y proporcionada ante los ataques contra la libertad sexual, sin llegar a la alarma social”.